Amanecer
XII (Silvana) Madrid. Junio de 1995
-Vas a perder el tren.
-Pero hay más trenes.
Silvana y Míriam se besaron una última vez. En la boca. Algunos viajeros les dirigieron miradas quizás mitad de asco y de envidia. Silvana abrazó una última vez a Míriam y dejó que se marchara, camino de los andenes de la estación de Atocha. La nueva. Llena de trenes modernos y afilados, como flechas.
-Mierda.
Caminó con prisa hacia la calle.
-Todo está bien pero no está bien- Susurró Silvana.
El aire fresco de la mañana le sentó bien, cuando pudo alcanzar la calle. Sobre la acera, le esperaba su moto, una Kawasaki ZXR 750 de color azul oscuro, un azul sólo un poco más oscuro que el iris de sus ojos.
Se puso el casco y los guantes. Se abrocho la cremallera de la cazadora hasta dos palmos por debajo del cuello. Metió la llave en la cerradura del contacto, y la giró hasta la posición en la que podía poner el motor en marcha. Entonces esa impresión sutil de peligro estalló. Alcanzó a ver varias furgonetas de la policía nacional, con las luces destelleantes apagadas y sin sirena alguna. Bajaban desde la Plaza de Atocha y otras tantas subían desde la Avenida Ciudad de Barcelona.
Pulsó el botón de arranque. El propulsor giró y tosió, pero no se puso en marcha.
-Vamos, me cago en Dios, ahora no.
Recordó que hacía fresco, buscó el mando del aire en el semimanillar izquierdo y tiró de él. Pulsó el botón de arranque de nuevo. Con un bramido, el motor de 750 cc cobró vida.
-Embrague, primera y gas- Susurró.
La moto comenzó a moverse, con una mezcla de aullidos saliendo desde el silenciador y de un chirrido agudo del neumático trasero. Tiró con fuerza de los semimanillares y se puso de pie sobre los estribos al ganar el bordillo. Mientras la Kawasaki aterrizaba en el asfalto, se le antojó que era la postura semejante a la de un jinete a punto de afrontar un salto. Esquivando peatones y taxis, logró cruzar el Paseo de la Infanta Isabel en dirección a la Calle Alfonso XII antes que la policía le cortara el paso.
-Mierda. Míriam. No la puedo advertir. Míriam. No.
Escuchó un estruendo a su espalda. A través del espejo retrovisor izquierdo alcanzó a ver un policía en medio del asfalto, con el arma apuntando al aire. Se encogió aun más bajo el carenado de la Kawasaki, intentando buscar protección en un trozo de plástico.
Subió por Alfonso XII como un meteoro, a más de 150 por hora, esquivando, a veces por milímetros, coches, furgonetas de reparto, taxis y peatones.
-Tengo que llegar a la M30.
Giró a la derecha al alcanzar la Puerta de Alcalá. Calle Alcalá, después O'Donnell. En un vistazo fugaz al cuadro de relojes vio la aguja del velocímetro lamiendo la cifra de 200.
-Leopoldo O'Donnell. Presidió el Consejo de Ministros, después del bienio progresista de Baldomero Espartero en 1856. Por qué recuerdo esto a 200 por hora en las calles de Madrid -Murmuró Silvana.
Se sintió un poco más a salvo al ganar la M30. Por suerte, el tráfico era fluido y pudo perderse entre los pocos coches, rumbo sur. Antes de que pasaran 10 minutos rodaba a 240 por hora por la Carretera de Andalucía, alejándose de Madrid y del peligro.
-Míriam. Te he fallado. Otra vez.
Sintió lágrimas corriendo por sus mejillas.
-No puedo llorar o no veré la carretera y me mataré.
XIII (Míriam) Madrid. Junio de 1995. Andenes de la estación de Atocha de Alta Velocidad
Su olor. Siempre lo recordaría. Impregnaba todavía su piel y su ropa. Recordó el placer mutuo y sintió la piel de gallina. La humedad de sus labios, de su sexo. El placer en su cuerpo y en su mente, y el placer en el cuerpo y en la mente de ella. Sintió una sensación cálida y dulce que se derraba por todo su ser, una marea dulce de arroz con leche, imparable, saturando sus emociones. Sonrió.
Entonces sintió que todo empezó a ir mal.
Pasar inadvertida en los andenes de una moderna estación, rodeado de ejecutivos trajeados y de otras personas bien vestidas, con su larga melena teñida de verde fosforito, unos vaqueros llenos de cortes, botas militares y una camiseta roja y negra del AC Milán, era imposible. La voluminosa mochila Altus de escalada que portaba en su espalda tampoco ayudaba.
-Todo está bien, el tren está ahí, tengo el billete en la mochila, en poco tiempo estaré en Sevilla. Todo está bien.
Cuando volvió la cabeza al escuchar pasos acelerados a su espalda y vio a decenas de policías uniformados tomando posiciones, supo que nada estaba bien. Le superaban en número ampliamente, eran 20 o 30 o quizás 40, todos enormes, y armados, alcanzó a ver algunos con metralletas en las manos.
-Autodefensa.
Se dio la vuelta, encarándose hacía los policías que corrían hacia ella. Veía que sus labios se movían, pero ya no los escuchaba. Se quitó la mochila, la dejó caer en el suelo del andén, cerro los ojos y cogió aire.
-Puede salir mal y que me muera, pero no puedo hacer otra cosa.
Entonces perdió el conocimiento y se desplomó como una piedra al lado de la mochila.
Cuando despertó no supo cuanto tiempo había pasado, pero le llamó la atención el silencio. Con los ojos cerrados logró incorporarse hasta quedar sentada en el suelo, entonces los abrió. Preferiría no haberlo hecho. En un radio de unos 300 metros, todas las personas que le rodeaban, fueran policías o viajeros o personal de Renfe, estaban en el suelo.
-Sin sentido o muertos. Sin sentido o muertos.
Le vino una arcada, no fue capaz de girar la cabeza con la rapidez suficiente y el vómito acabó en su regazo.
-Que asco, joder.
Intentó ponerse en pie pero no pudo. Optó por avanzar a cuatro patas, a gatas, hacia el sur. Hacia el final de los andenes. Le llevó una eternidad llegar hasta donde terminaban. Allí logró ponerse en pie. Le temblaban las piernas. Saltó a las vías, a esa maraña de carriles y de grava. Le costaba ver con claridad, enfocar lo que había bajo sus pies, le costaba pensar, la cabeza le dolía muchísimo y tenía náuseas y se dio cuenta, al percibir una humedad extraña en la entrepierna, que se había hecho pis encima.
-Tengo que salir de aquí, por las vías, habrá alambradas que las protejan pero tengo que encontrar un punto en el que poder saltarlas.
Lo último que recordó antes de perder el conocimiento de nuevo fue el crujir de la grava bajo sus botas y un dolor súbito y desconocido en el hombro izquierdo.