Una vieja máquina arreglada y un poco personalizada por mi. No son tareas muy complicadas pero me siento orgulloso de ser capaz reparar mis bicis. Supongo porque mi trabajo, los trabajos que he tenido, la mayor parte de las tareas son inmateriales. Están dentro de un ordenador y no se pueden tocar, aunque sí ver.
Me gustó rodar de nuevo con ella. Y comprobar que con el cambio nuevo podía engranar todos los piñones (con el antiguo, en parte roto, el primero o el último no entraban). Volver a rodar por carreteras de sobra conocidas, con cuidado. Las rodillas seguían molestando, pero se me antojó que menos que otras veces.
Gatos. Tan silenciosos que de no ser por sus estornudos ni los habría visto. Tan pequeños, y delgaditos. Quizás estaban enfermos porque estornudaban de vez en cuando y escuchaba su respiración. No me dejaron acercarme mucho pero si hacerles fotos. Desconfiaban. Pensaba en mi compañero atigrado naranja, que también vivió en la calle.
La vida. Las oportunidades. La suerte. La calle. La muerte.
Positivo.
Si, soy un poco desastre, pero no del todo.
Si, a pesar de llevar más de media vida sobre una bici no soy capaz de usar unos pedales automáticos, pero con los de plataforma me apaño bastante bien.
Si, tengo mal genio y a veces soy un ogro. Pero se disculparme.
Si, no he dormido todo lo que me gustaría (pero si casi todo). Pero me desperté y logré dormirme.
Si, soy un poco o un mucho introvertido, pero también tengo empatía.
Si, le doy demasiadas vueltas a las cosas, pero menos que antes.
Y mientras escribo esto ceno y veo una película (dura y triste) en inglés. Y sonrío. Por dentro y por fuera.
Buenas tardes (todavía es de día) y buena suerte.
Y te echo de menos.



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