Al llegar a la rotonda se sintió de nuevo como una máquina averiada, a punto de romperse, a punto de estallar.
Pero él no era una máquina sino un humano. Intentó dejar a un lado cómo se sentía, las lágrimas que humedecían sus ojos y concentrarse en conducir el coche. Era una tarea suficientemente compleja como para añadir un factor más. Llorar y conducir no era demasiado compatible.
En el centro de la rotonda, una curiosa escultura. Se le antojaba una serpiente voladora o un dragón. Se imaginó volando agarrado a la cola de ese dragón. Los sentimientos que bullían en su interior se asemejaban al vuelo errático de un dragón.
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