En un viejo portátil, algunos archivos en formato Word. El diario. El que fue mi diario. Del verano de 2001 al verano de 2014. Ya no recuerdo qué mes en concreto. Probablemente en septiembre. Septiembre de 2014. Surrealista, emotivo, amargo, "importante". Un poco como era yo o como soy yo.
Ahora ya no escribo un diario, ni tengo varios blogs (varias máscaras) sólo un blog que en parte es una especie de diario, en clave, a la vista de todos pero que sólo unos pocos conocen y que sólo unos pocos son capaces de entender. Tampoco está hecho para ser entendido, sino para drenar sentimientos. Para entenderme yo mismo.
Recordando otros veranos. Trabajos diferentes, responsabilidades diferentes, pero a veces la misma sensación de tristeza, de vacío, de soledad. (Y algunos o muchos problemas para dormir).
Hoy me desperté pronto pero menos que otros domingos. Seis y pico. Al final habría dormido cerca de ocho horas o más, lo que está perfecto. Lo ideal, haber despertado de día. Pero no ha estado mal.
Concreté la idea a la que llevaba dando vueltas desde hace unos días. Tumbado en una camilla con expertas manos en mis rodillas y hablando en parte de ... bicis. He intentado usar dos veces pedales automáticos y las dos veces acabé rodando con muchísima inseguridad y alguna vez por los suelos. Una vez acostumbrado debe ser maravilloso: vas sujeto pero puedes desengancharte con un simple giro de talón hacia afuera. Y a parte de empujar los pedales puedes tirar de ellos, hacer fuerza hacia arriba. La teoría me la conozco bien, pero como en otros aspectos de la vida, en la práctica me agobio tanto y el miedo y los nervios pueden más, me pueden.
Volví a roscar los Crank brothers Mallet 1, esta vez en una vieja bici de carretera. Me costó sacar los pedales de plataforma (la mala costumbre de apretar todo demasiado) pero algo de paciencia y unos guantes lo conseguí. Las calas seguían en las suelas de otras zapatillas. Sin salir de la nave, sentado en la bici pero apoyado en el coche, enganchaba y desenganchaba las calas en los pedales. Es una sensación muy rara. El sonido de la cala encajando en el pedal, ese clack seco y metálico, me pone nervioso. Como estar atrapado en una trampa. Si tiras hacia arriba, hacia delante o hacia atrás no vas a sacar el pie en la vida. Hay que girar el talón hacia afuera.
Salí a la calle y no llegué muy lejos. No fui capaz de rodar con los dos pies enganchados. Sólo con el derecho (mi pie de apoyo es el izquierdo, el que pongo primero en el suelo, con el que me impulso para empezar a rodar). Me dejé caer cuesta abajo, pero solo con el pie derecho sujeto. Volví a probar a enganchar y desenganchar los pies con la mano izquierda apoyada en una pared, pero no fui capaz de impulsarme con los dos pies en los pedales para empezar a rodar. Volví empujando la bici y me sentía mal conmigo mismo.
Los pedales acabaron otra vez (como hace dos años) durmiendo el sueño de los justos en su caja. Me gustó ser capaz de volver a intentarlo, pero me disgustó no ser capaz de llegar hasta el final. De atreverme.
Al final sigo prisionero de mis miedos, recorriendo los caminos que ya conozco. Y sin apenas relacionarme con nadie. Porque eso también me da miedo. Me da apuro. Y vuelvo a mi caparazón.
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