viernes, 17 de marzo de 2017

Positivo



Hoy mientras trabajaba he recordado un pasaje de un relato apenas esbozado con palabras pero revivido innumerables veces en mi mente. El protagonista conduce un toyota todo terreno por una pista embarrada en alguna cadena montañosa. Los Pirineos quizás. Con un dedo de la mano derecha roto o dislocado y una pasajera agonizante en el asiento del copiloto. Casi puedo sentirlo: el tacto del volante filtrado por los guantes largos, el sonido del motor, el dolor con cada giro de volante, la respiración apenas perceptible de la pasajera herida ...

Todo muy triste y muy dramático. En realidad soy una persona ordinaria que lleva una vida ordinaria (y rutinaria en parte) y me puedo considerar completamente afortunado. Por estar vivo y entero, por la familia en la que he nacido y que me quiere, cuida y apoya constantemente (fuenteovejuna, a veces lo pienso así, todos a una, unidos y protegiéndonos). Por tener trabajo. Por tener un lugar donde vivir muy cómodo y agradable. Por el cariño de Marco. Por el cariño de las pocas personas con las que me relaciono de forma profunda. Por ser como soy: a veces es un latazo ser tan sensible, tan delicado -algunos de mis sentidos son precisos, demasiado, me altero con facilidad, soy susceptible, me emociono y enfado con facilidad. Pero prefiero ser sensible y emocionarme y enfadarme a cada poco a ser un prepotente que pasa literalmente por encima de la gente.

Pero a pesar de todo sigo roto por dentro, no se cuantificar en qué medida, y por eso todavía no duermo bien al 100% y a veces estoy triste, sin motivo aparente y me siento culpable por sentirme así: desgraciado siendo agraciado.

Quizás por eso escribo relatos tan tristes. Se me da mejor soñar que escribir y escribir que vivir. Aun así mis sueños suelen ser dramáticos y tristes. Un reflejo (en parte) de cómo me siento (en parte).

Mi reto es escribir relatos más alegres. Llenos de cariño, de complicidad, de sonrisas. El lunes-trece-pero-doce esperando en una sala de espera, de nuevo no quería ponerme los auriculares por si no escuchaba que me llamaban por megafonía. La sala no era especialmente ruidosa, pero cualquier lugar con humanos es ruidoso para mi. Los soniditos del móvil o de la tablet. Los ruiditos que muchos humanos hacen inadvertidamente con las manos o con la boca. Una niña inquieta, se movía de acá para allá. Intentaba ser positivo y que nada de esto me alterara y cerraba los ojos y me concentraba en su risa. Que era realmente preciosa. Hipnotizadora. La risa de un niño. La risa de un niño que me recordaba las hijas de una personita.

Escribo y me intento animar. Por eso hay una foto de una bici preciosa y británica. Porque yo mismo me siento a veces más, por mi carácter y mi piel blanca, un güiri que un habitante de Iberia.

Y porque esa bici y esa bandera, la Union Jack, me recuerda a una personita, de la que no se nada hace más de dos meses, pero a la que sigo mandando energía cada día.

Estoy aprendiendo a echarte menos de menos, a cerrar heridas. Lo que no quita que me encantaría volver a verte y abrazarte, volver a charlar contigo -aunque fuera por medios electrónicos e indirectos- volver a saber de ti y volver a recibir tus sabios consejos de la vida.

Hoy mientras calentaba la comida pensaba si soy maestro o aprendiz. No me considero maestro de nada, si bien se algunas cosas. Se más cosas de las que creo y debería valorarme y quererme más. Siempre estoy aprendiendo, aunque no lo crea. Por eso me siento más aprendiz, más alumno, que maestro.

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