domingo, 5 de marzo de 2017

Miedo / El género neutro

Era una mañana de verano tras una noche medio en blanco o en blanco entero. Ya no lo recuerdo (afortunadamente). Agosto. Al alba en Agosto la temperatura es deliciosamente fresca y, como sabía que no iba a poder volver dormirme, salí a pasear en bici.

De camino a mis pistas preferidas, en una zona ya bastante solitaria y un poco desolada, me crucé con una mujer que también aprovechaba la frescura del alba para hacer ejercicio, en su caso para correr.

Y sentí miedo por ella.

Desgraciadamente, incluso en un país supuestamente civilizado y europeo como éste, hay tipos con los que comparto género, que como yo tienen pene entre las piernas y mean de pie, que se dedican a agredir a sus parejas o exparejas, que las asesinan y otros que se dedican a acosar y violar a mujeres. Si. Así de incomprensible para mi. Así de cruel.

Ella siguió su camino y yo el mío. Me alegré de que se hubiera cruzado esa mañana de agosto con un tipo como yo, insomne y ciclista, pero absolutamente inofensivo, y no con otro engendro de intenciones mucho menos inocentes.

Cuando era adolescente o preadolescente me di cuenta de que, sin ser particularmente grande ni fuerte (ahora como 1.78 metros y unos 74 kg en vacío) superaba en fuerza bruta a la mayor parte de mujeres. Esa certeza me hizo sentir un vértigo y un miedo infinito que todavía puedo sentir ahora, más de veinte años después. Saber que mis manos y pies podían ser un arma para hacer daño. Especialmente contra alguien que, por su fuerza y tamaño, seguramente no podría defenderse de mi. Me prometí nunca hacer daño a nadie. Y menos a una mujer. Salvo que fuera en defensa propia (cosa que afortunadamente tampoco ha pasado todavía), es decir, si alguien viene a darme de hostias evidentemente me voy a -intentar- defender.

Hace unas semanas viendo la televisión con mi padre, hablamos de la violencia de género, a propósito de otra horrible noticia (algo que pasó en un hospital de Madrid y que no quiero ni recordar, porque tal y como le dije a quien me dio la vida, me descompongo solo de pensarlo). Los dos nos horrorizamos de la noticia. No entendíamos nada, como otro hombre, de nuestro mismo género, que también meaba de pie, podía haber hecho eso. A sangre de su sangre. Mi padre nació en la postguerra, casi se puede decir que en otro mundo. Su educación y su vida fue muy distinta a la mía. Pero aun así él y mi madre fueron capaces de educarnos a mi y a mis hermanas en el respeto y la igualdad. Si me hubieran educado de forma distinta, de forma más machista, evidentemente yo sería peor persona de lo que soy y quizás me hubiera convertido en uno de esos energúmenos que cree que las mujeres son objetos de su posesión y que solo sirven para satisfacer sus necesidades sexuales y se creen con derecho a agredirlas y matarlas solo porque han dejado de quererles (¿se puede querer a alguien así?) y porque quieren seguir su propio camino.

Miedo.

Miedo a mi propia fuerza. Como si tuviera dentro de mi un arma de destrucción masiva, una bomba atómica, y entre mis dedos largos y delgados, el botón que la activa.

El género neutro. El género al que me acojo simbólicamente cada vez que escucho una noticia sobre violencia de género. Y pienso que ellos, de una forma u otra, son como yo. Comen, cagan, respiran, pero además, maltratan y matan.

Así de cruel. Así de incomprensible para mi.

El viernes de camino al tajo, caminando todavía de noche, por la misma acera que yo, unos pasos más adelante iba una chica. Calculo que tendría unos veinte años, pero se me da fatal calcular las edades. Volvió la cabeza un par de veces. Aunque intento caminar rápido y en silencio, como los gatos, un tipo grandote con un forro polar de alta visibilidad no pasa inadvertido ni de noche. Comprendí que, de nuevo, podía sentir miedo de mi, porque estaba sola en una calle casi desierta antes del amanecer.

Espero que algún día todas las mujeres puedan caminar por todas las calles a cualquier hora del día o de la noche, sin ningún miedo. Y me pregunto qué puedo hacer yo para que ese día llegue.

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