No recuerdo cuantos años tenía en concreto, y me da rabia, porque mi memoria puede ser tan precisa como el disco duro de un servidor Proliant. Se que era un niño, que iba al colegio, a uno de los primeros cursos de la EGB. Era un año a finales de la década de 1980. Noviembre de 1990 lo recuerdo con nitidez, así que podía ser 1986 o 1987. O quizás 1985.
Bajaba las escaleras rápido, para llegar al colegio rápido y poder seguir leyendo. Leer era (es) maravilloso. Leer ficción. Alguien se había pasado muchas horas, hasta días, soñando y había sido capaz de plasmarlo en palabras y nos había regalado universos que sólo existían en su mente y en el papel.
Bajaba las escaleras, de dos en dos, de tres en tres, saltando, como un pequeño y travieso gato negro. A la vez, iba pensando, reflexionando, analizando, mi propio pensamiento. Esa voz interior, ese flujo de palabras que no callaba, salvo cuando dormía. Y me di cuenta de que esa voz un día, callaría para siempre. Y llegaría el silencio infinito. La nada. La muerte.
Si cierro los ojos todavía siento con nitidez el pánico húmedo y caliente subiendo desde la boca del estómago, la mente a 20.000 rpm, el corazón desbocado en las sienes. Abrí la puerta del portal, que era de aluminio, color gris aluminio, gris claro, con un pomo circular de acero inoxidable y brillante, salí a la calle, comprobé que no venía ningún coche por la calle, mirando al menos una vez a derecha y a izquierda, crucé la calle y comencé a correr. Corría como un atleta. Como en una prueba de pura velocidad. Corría como el viento, porque sentía la sombra de la muerte lamiendo mis talones. Corría, pero no era lo suficientemente rápido. Me hubiera gustado ser un felino, un tigre, una pantera, y haber llegado en un suspiro al colegio.
No muchos años después, cuando la diversión de (algunos) mis compañeros era burlarse de mí, y, más adelante, en la pre adolescencia y en la adolescencia, sentí que la muerte no era tan terrible. Si el dolor de la vida me superaba, podría matarme, suicidarme. Como en las películas y en los libros que leía. Parecía tan fácil. Hay tantas maneras de matarse y tan pocas de vivir.
Mucho más tarde, en 2014, tomé por primera vez un antidepresivo y, cuando llegó la noche, un análogo a las benzodiazepinas. Y descubrí que había algo que calmaba mi dolor y que me permitía dormir las noches que tenía la mente a mil, que eran la mayoría. Después vino la terapia de grupo, el psicólogo. Más tarde, las benzodiazepinas, un antidepresivo diferente y tres amores de psiquiatras, que me escucharon con una paciencia y una comprensión que desearía tuvieran todos los profesionales de la salud, aunque se de sobra que eso no es así. Y, mucho más tarde, a través de Internet, a través de una red social, encontré a un AMOR de psicóloga que me ayudó desde antes de ser paciente o consultante suyo. Y que puso un nombre a ese "es que eres muy raro" que me habían dicho y que yo mismo había sentido casi desde que salí del vientre de mi madre, a finales de la década de 1970:
Autista de alto funcionamiento.
High performance. Como el motor de un Skoda Fabia Rally 2 evo. Que puede impulsar a ese coche de rallyes a más velocidad que guepardo tras su presa. Pero que necesita de unos intervalos de mantenimiento más exigentes, más cortos, que su equivalente de calle, ese humilde Skoda Fabia del año 2007 que usas para ir al trabajo o a clase. Y a expertos mecánicos e ingenieros, para ponerlo a punto y ser capaz que de dar el 100% en cada tramo, que pueda adaptarse al terreno y a su piloto.
Hoy soñaré que recorro mis carreteras preferidas, las más estrechas, lentas y llenas de baches que conozco, de la Baja Alcarria, en un día de otoño y de lluvia externa e interna, al volante de un Skoda Fabia Rally 2 evo. Y que luego, en ese garaje lleno de cosas y de trastos, revisaré ese coche de rallyes, bajo la mirada y con la ayuda de quién me dio la vida.
Buenos días y buena suerte.