El mundo duerme. La "gente normal" ha disfrutado de la noche del viernes, con amigos, de forma más o menos tranquila. Para mi, ser capaz de conducir la máquina roja, ese precioso coche propulsado por un vetusto motor AXR de inyección directa, después de 4 horas de clase agotadoras, después de una semana difícil, cansada, en la que me he quedado casi sin cucharas, y que he tenido citas varias con psicólogas varios.
Llego a clase pronto y charlo con dos compañeros. Uno de ellos sugiere jugar al baloncesto. No me apetece pero acabo jugando con ellos. Después comienzan las clases, sinceramente absurdas. En los primeros 55 minutos simulan una práctica, mientras yo estaba editando un post. Tras el recreo, acabamos la práctica, que ya estaba casi terminada.
Quedan 45' para la hora de salida. Todos tenemos sueño y estamos cansados. Sinceramente, de 4 teóricas horas de clase, ninguna ha servido de nada.
Llevo mucho tiempo despierto. He tenido psicóloga por la mañana. Tengo que conducir 15'. Estoy rodeado de gente que habla alto. Hay un barullo de conversaciones de fondo. El cansancio muta en agotamiento y en ganas de llorar. La gente habla y habla y habla cada vez más alto.
La única persona con cordura ha sido el que se ha ido. El profesor podría decidir volver a clase y repasar algo. No quiere. Gracias al maravilloso sistema educativo por otro pseudo shutdown.
Pero hoy es hoy y ha he escaneado y entregado y enviado por WSP las prácticas absurdas de ayer. Y los señores de la obra han empezado otra vez a romper el suelo.
Pero ha sido un día bonito. He comido con mi familia después de años sin poder hacerlo con la pandemia. Y he visto trenes y hasta socializado.
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