Actualizado con audio el 10.01.2019
“Siempre podrás ir a ese lugar. A tu refugio interior. Un lugar que sólo existe en tu mente y que nadie más conoce. El mío es una casita perdida en las montañas. En realidad ni siquera recuerdo bien cómo es la casa. Sólo se que el paisaje es precioso y que no hay ningún humano en kilómetros a la redonda. Pero si un precioso pastor alemán. Cuando siento que no puedo más, me refugio allí. El silencio y la suavidad del pelaje del perro lo pueden todo. Lo curan todo.”
Recordó las palabras de Silvana. No se sentía bien. Los nervios le devoraban. Pensó cómo sería ese refugio interior. Una especie de hangar. Lleno de preciosas máquinas de volar. Aviones y helicópteros. Quizás una especie de museo. Como aquel que tantas veces había visitado en Cuatro Vientos. Y en un rincón, un saco de dormir. Dormir allí, despertar rodeado de aquellas máquinas tan seductoras. Acariciar sus fuselajes en pijama. Junto al saco de dormir, un ordenador portatil. Tranquilidad, paz, aviones, helicópteros y un ordenador. ¿Qué más podía necesitar?
Entonces un elemento inesperado apareció en su ensoñación. Ella.
Silvana.
-¿Puedo dormir a tu lado? Necesito que me abracen.-
Dormir abrazado a ella. Notar su calor, el murmullo de su respiración. Acariciar su pelo cobrizo. Que ella acariciara su pelo castaño casi negro, siempre muy corto.
Una emoción intensa, demoledora, profunda, recorrió todo su ser. Rompió a llorar de alegría.
Entonces despertó.
-No es un sueño. Necesito que me abraces-
La voz de Silvana. Suave, ligeramente quebrada. Hipnotizadora. No creía en sirenas. Pero si en verdad existían aquellas criaturas mitológicas, seguro que su voz era idéntica a la de Silvana.
Dulcemente le abrazó. Se abrazaron.
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