jueves, 2 de mayo de 2019

Lluvia

Claudia contempló su reflejo en el espejo situado en un rincón de la enorme tienda. El poncho translúcido cubría su cuerpo menudo desde la cabeza hasta más abajo de las rodillas.

Paula la observó en silencio. En sus labios apenas se esbozaba una sutil sonrisa.

Claudia se acercó a ella y le dijo algo al oído.

-¿Cómo dices que se llama ésto?

-Poncho. Es como un chubasquero, pero de una pieza. Sin cremallera. Se pone a través de la cabeza.

-Y, ¿De qué está hecho?

-De plástico.

De vuelta a casa, en el coche, Paula conduce mientras Claudia ocupa el asiento del copiloto. En su regazo, una bolsa con las compras hechas. Además del poncho, unas botas de agua, de goma. Fuera diluvia.

-La lluvia es distinta-Susurra Claudia.

-¿Cómo dices?

-La lluvia no me gusta. Quiero que deje de llover.

-Algún día dejará de llover. Es una primavera muy lluviosa, pero dejará de llover.

La ciudad y su bullicio quedaba atrás. El coche recorría un universo de pequeñas carreteras llenas de curvas, entre montañas. De prados tapizados de hierba. De cercas de alambre de espino y vacas. Paula detuvo el coche junto a la puerta de una casa.

-Paula, todavía no te he dado las gracias.

-¿Darme las gracias? ¿Por qué?

-Por acogerme en tu casa.

-No hay por que darlas. Es un placer.

-Voy a sacar a pasear a los perros.

Claudia se enfundó el poncho y las botas. Pese a la lluvia constante, los perros necesitaban salir para hacer sus necesidades y correr. Paula la vio alejarse, precedida por los perros, a través del prado, bajo la lluvia.

Recordó su capa. De algodón engrasado y color verde oliva. En realidad era un abrigo largo, hasta las rodillas, con capucha, cerrado por botones metálicos y plateados. Pero todo el mundo le llamaba capa. Al comenzar el curso, a las aprendices de maga se les entregaba una capa de color verde, botas altas de cuero y un libro de hechizos. Significaba la transición de la niñez a la edad adulta. El comienzo de la lucha contra la lluvia. Cuando las avenidas amenazaban con desbordar los diques, era su turno. Protegidas bajo sus capas, las magas se enfrentaban a la lluvia. Su magia reforzaba los diques. Eran la última línea de defensa ante las inundaciones.

Claudia se sentó sobre la hierba mojada, junto a un pequeño muro de piedra que delimitaba uno de los prados. Las lágrimas bañaban su rostro. Sus ojos de un azul muy suave estaban enrojecidos por el llanto. El pastor alemán abandonó sus juegos en el prado, se acercó a ella y le lamió la cara. Claudia le acarició con cariño la cabeza y el lomo.

-Gracias, precioso.

Diques a punto de estallar. El estruendo que precede a la avenida. Un alud de agua y barro y piedras, que todo lo arrasa. Esperar a la tormenta. Resistir. Un segundo más, un minuto más, una hora más, un día más, una semana más. Apuntalarse. Sacos terreros. Taludes entibados con vigas de hierro y tablones de madera. Contener la respiración, el miedo, la rabia y las lágrimas.

Aquel recuerdo volvió a la mente de Claudia. Aunque intentara olvidarlo y negarlo. El cuerpo inerte de Myriam, cubierto por su capa verde oliva, tendido en el barro. El tiempo indeterminado que pasó abrazado a ella, bajo la lluvia.

Claudia se puso de nuevo en pie. Se quitó la capucha. Dejó que la lluvia mojara su pelo cobrizo. Dejó que el agua se mezclara con las lágrimas. El plástico resultaba más ligero que el algodón engrasado. Más ligero y más frío. Aséptico. Menos lleno de recuerdos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario