miércoles, 22 de mayo de 2019

Llámame

-¡Un día me iré y no me volverás a ver!

-¡A ver si es verdad!

La pareja discutía airadamente en el salón. Fuera era de noche y llovía. El resplandor del televisor iluminaba el salón.

Con un chirrido, se abrió la puerta del piso.

-¿Qué horas son estas de llegar?- Bramó su padre.

Sandra tragó saliva antes de contestar. Estaba empapada. Sudadera, pantalones, zapatillas, oscuros y pesados, goteaban agua.

-¡Cómo te has puesto!-Chilló su madre.

-¿No tienes paraguas? ¿De dónde vienes a estas horas?

-De la biblioteca. Tengo mucho que estudiar.

-Ve a ponerte ropa seca que vas a coger una pulmonía. Te he dejado la cena la cocina.

Sandra caminó despacio por el pasillo que arrancaba del salón, dejando tras de sí huellas húmedas de pasos, que se le antojaron babas de caracol.

Antes de abrir la puerta de su cuarto, le llegó una última frase aguda y chillona de su madre.

-Te ha llegado un paquete. Lo tienes sobre la cama.

Su rostro se iluminó. Abrió la puerta y encendió la luz. Volvió a cerrar la puerta tras de sí. Sobre la cama deshecha, un sobre de color canela, acolchado. Reconoció la caligrafia en el sobre indicando la dirección. Se desnudó rápidamente y buscó un pijama limpio y seco en uno de los cajones de la cómoda. Volvió sobre sus pasos hasta llegar a la cocina. Sobre la encimera gris, un tazón de sopa y un plato con filetes de pollo. Calentó la sopa y los filetes antes de regresar a su refugio.

En el interior del sobre, una caja de cartón, de brillantes colores.

-¡Un teléfono móvil!

Muchos de sus compañeros de clase tenían móvil. Le parecía algo superfluo, inutil. Un cacharro para llamar a la gente. Primero había que tener alguien a quién llamar.

Abrió la caja con delicadeza. Un teléfono turquesa, con su cargador, manual y una diminuta tarjeta SIM (acrónimo en inglés de subscriber identity module). Encendió el teléfono. En la pantalla apareció un diminuto icono. Una especie de sobre. Consultó el manual. Quería decir "tiene un mensaje nuevo". Se apresuró a leerlo.

"Hola, k tal? Te echo de menos. TQ"

Todo comenzó el verano anterior. En un campamento. Sus padres se empeñaron en que fuera.

-Te irá bien. Conocerás a gente de tu edad. Harás deporte.

No le quedaba otro remedio. Intentó pasar desapercibida y refugiarse en la lectura. Como siempre. Hasta que una tarde, sentada leyendo en un rincón a la sombra, en un patio de la residencia donde se alojaban, la voz de María le sobresaltó.

-¿Qué estás leyendo?

-El señor de los anillos.

-¿De Tolkien?

Sandra asintió.

-¡Me encanta! Tienes que leer la trilogía. Es la bomba.

Por un instante sintió que formaba parte del mundo, que tenía un espacio en el mundo, que era un ser humano. Que su vida tenía sentido. Que no derramaba la magia que le había sido concedida a cada instante.

"Te escribiré"-Le prometió

-Y yo también.

Una o ninguna. Eso esperaba. Una sola carta, de cortesía, por cumplir. Eso esperaba. O ninguna carta. La gente se comunicaba cara a cara. Hablaba y hablaba, si decir nada. Por eso prefería las bibilotecas, y los libros.

Sus dedos pequeños y gruesos pelearon con el teclado del móvil.

"Yo también TQ mucho gracias por el regalo"

Con pasos pequeños y delicados volvió al salón. Sus padres estaban viendo la televisión, abrazados. Por una vez no discutían.

Quizás todo estaba bien, quizás todo estaría bien.

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