Uno de esos días la mente funciona de forma distinta. La memoria es más precisa. Puedo recordar cosas que pasaron hace 20 años con dolorosa claridad. O puedo no recordar algo que pasó ayer o antes-de-ayer.
Si tuviera que definirlo de alguna manera se me antoja que pienso con más claridad. Que soy más meticuloso, más preciso (y ya lo soy bastante). Pero a la vez el estado de ánimo es volátil. Si. Volátil. De la alegría a la tristeza en un instante. Y también más sensible. A los ruidos. A los ruidos humanos. A los comentarios no siempre bien intencionados. Y todo me agota más. Lo que no implica ser capaz de dormir lo necesario. Querer dormir, tener tiempo y espacio físico para dormir, no implica ser capaz de dormir.
Al menos esta semana he dormido bastante bien. Casi perfecto. Hoy me desperté pronto para ser sábado, pero más tarde que la semana pasada.
A eso lo llamo rebotar. Porque mis sentimientos se me antojan un muelle que acumula una energía brutal que se libera de forma involuntaria. Alegría, tristeza, enfado, rabia. Todo junto. Todo mezclado.
En las bicis que tanto me gustan (y que como le comentaba a una personita vía correo electrónico, me ayudan a sentirme mejor cuando estoy disgustado) hay sofisticadas suspensiones para absorber los baches más grandes. Muelles, aire y aceite. Sofisticados hidráulicos que frenan la horquilla o el amortiguador.
Si bien todavía no soy dueño de mis emociones si que he aprendido a relajarme.
Los cascos (auriculares) siguen siendo poco menos que imprescindibles. La música calma o al menos tapa otros ruidos.
Respirar. Cerrar los ojos y respirar.
Ejercicio. Bajo techo, en la piscina o sobre la bici.
Hablar con alguien. Eso es lo más difícil. Me cuesta relacionarme con la gente. Y mucho más conseguir confiar en alguien lo suficiente para contarle como me siento. Gracias a los (pocos) que me brindan su confianza.
Y por eso te echo de menos.
Algún día tendré que volver a estar bajo la lluvia. Y volvió la lluvia. Sin paraguas. Pero no me he empapado.


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