domingo, 3 de marzo de 2019

RPM

Mi mente no gira a 20.000 RPM como el motor de un F1 (desconozco si giran a tantas vueltas) o como un turbo. Pero tampoco está lo suficientemente tranquila para dormir. Llevo tiempo despierto, como una hora. Al menos aquí me siento tan agusto como en casa. Es un espacio amplio, agradable, silencioso. Tengo unas vistas estupendas de una ciudad preciosa, un lugar donde escribir (el móvil, pero también un pequeño block de notas del hotel) y lectura. Siempre viajo con música y lectura -revistas y un libro electrónico-. Ahora, además, con la medicación habitual, y otras para emergencias.

Pienso en las próximas citas con médicos del cuerpo y, sobre todo, de la mente. Pienso en el próximo examen. En cómo afrontarlo. Preferiría que la cita de mañana fuera con la psiquiatra pero eso no es posible. Y además ya sólo falta poco más de una semana.

Mientras escribo pasan los minutos. Me gustaría estar en mi refugio. Ya he visto cosas preciosas y ahora lo que menos me apetece es el regreso largo y a deshora. Pero tampoco puedo elegir.

Ayer un supuesto rato de esparcimiento me fue desagradable. Si lo sé, no hubiera salido de la habitación.

El concepto de silencio es relativo.

La gente se queja de cómo les hablas pero te hablan igual.

De noche escribo sin filtrar. De día es diferente. El viaje ha sido precioso, un poco cansado pero menos de lo que esperaba, dado todo lo que pasó hace 2 semanas. Ahora es de día y me separan algunas horas y algunos kilómetros de mi destino. En cuanto llegue habré de sumergirme en la rutina de la semana. Organizar ropa y comida para mañana. Acariciando al gato pirata, que quizás duerma a mi lado después de más de dos días lejos de mi lado. Imprimir la cita para el dermatólogo de mañana.

Añorada y a veces odiada rutina. Ésta semana toca aprender nuevas tareas. Pero tampoco me importa. Poco a poco.

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