martes, 19 de marzo de 2019

Recuerdos de sol, aire y gasolina

Cuando alcanzó la calle comenzaba a llover. Con pereza, se diría que hasta con dulzura. Bajo la luz suave y tenue del principio de la primavera, vio brillar ingrávidas diminutas gotas de agua frotando en el aire.

Pantalones de agua. Por suerte siempre llevaba unos en el cofre de la moto.


En un extremo de la acera le esperaba la vieja BMW F650 de color blanco. Sonrió mientras quitaba el antirrobo. Después sacó el casco, los guantes y los pantalones de agua del cofre y dejó allí su bolso. 

Comprar aquella moto había sido una decisión meditada, pero, a la vez, un poco impulsiva. La vio en el escaparate de una tienda de motos usadas. Le recordó a su hermano Víctor. Por él había aprendido a ir en moto. Por él, en cuanto cumplió los 18, se había sacado el carnet de conducir. El de coche y el de moto, casi a la vez. A medias, se compraron un coche y una moto en cuanto pudieron: un Opel Corsa aguamarina y una vieja Honda Dominador azul cielo. A pesar de su metro setenta, la Honda era un poco demasiado alta para ella. Debía hacer casi equilibrios o buscar un bordillo donde apoyarse. Por eso enseguida Víctor le busco otra moto: una "custom". Una especie de Harley Davidson en miniatura. Una Yamaha Virago 250. Larga, bajita, llena de cromados. No corría mucho, pero si lo suficiente para moverse por los alrededores de la ciudad. Y pasear con ella era un placer.

De todo eso habían pasado casi 20 años. Le pudo la comodidad del coche y el abrigo que proporcionaba del frío, de la lluvia. Acabó vendiendo la Yamaha. Su hermano siguió teniendo otras motos. Incluso en Finlandia, que es donde vivía ahora, seguía yendo en moto. De nieve los inviernos eternos. En verano, en una enorme BMW R1200 GS con la que cruzaba Europa durante sus vacaciones. El escudo de BMW en el depósito de aquella moto, al verla en el escaparate, le recordó a Víctor.

Pensó que era demasiado vieja para ir en Moto. Cuarenta años eran demasiados. Aún así, entro en la tienda y preguntó por ella. El precio le pareció un poco alto. Pero las BMW tenían fama de fiables. Además, cuando se subió a ella en parado, descubrió que llegaba al suelo sin problemas. El vendedor le explicó que su anterior dueña también era mujer, y, además, de pequeña estatura, y que le había puesto un asiento opcional un poco más bajo.

Meditó si comprar la moto era una buena idea durante una semana. Podía permitirse el capricho. Ahora ni siquiera tenía coche. Al cambiar de casa, al mudarse a un piso en el centro, aparcar se había puesto imposible. Lo acabó vendiendo. El transporte público era más económico y hasta ecológico. Aunque a veces también un poco pesado y agobiante. Sobre todo en hora punta. Echaba de menos sentir en aire en la cara. Cómo cuando era una adolescente y Víctor le enseñó a ir en moto en aquella Suzuki DR 50 amarilla.


Al final se decidió. Después de consultarlo por Skype con Víctor. El se mostró entusiasmado, aunque a la vez, quizás  un poco preocupado. Le insistió en que se comprara un casco, guantes y una chaqueta antes de siquiera estrenar la moto. La tienda donde la había visto resultó ser un concesionario BMW y también vendía ropa y cascos. Le llamó la atención una chaqueta blanca y azul. Le recordaba vágamente a las que usaban los pilotos de la marca bávara en el Dakar, hacía un siglo, se le antojaba. Cuando Víctor y ella veían los resúmenes del Dakar en el sofá de la casa de sus padres. Cuando por fin se puso al manillar de la BMW sintió un cosquilleo en el estómago. Le resultó casi tan cómoda como su antigua Yamaha y mucho más rápida. El callejeo hasta su piso fue agradable, casi placentero. Se sorprendió sonriendo de nuevo al manillar de una moto. Y soñó con que, al verano siguiente, quizás podría ir a Finlandia a ver a Víctor en moto, en lugar de en avión.

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