lunes, 4 de febrero de 2019

Nemesis: El rastro (Parte 1)

(Avertencia: éste post es un trozo de relato. Relato que NO está terminado. Ni es coherente. Lo escrito hasta ahora AQUÍ.)

El pastor alemán levanta el hocico y husmea el aire. Mueve la cabeza y la cola. Gira sobre sí mismo, intranquilo. Avanza y retrocede. Ha perdido el rastro. Araña el suelo con las patas delanteras mientras husmea de nuevo el aire. La maleza roza su cuerpo. Levanta las orejas, atento a cualquier sonido por pequeño que sea. Duda.

-¿Cómo estás? ¿Quieres que conduzca yo un rato? Así podrías concentrarte en lo que sientes.

Él negó con apenas un gesto, sin apartar las manos del volante ni desviar la vista del tráfico. El gesto mitad preocupado mitad aterrado seguía instalado en su rostro, los ojos muy abiertos, clavados en el asfalto, respirando deprisa, pesadamente. Silvia le observaba, también preocupada., desde el asiento del copiloto, una banqueta corrida de dos plazas donde se apretaban Irene y ella. Alargó el brazo izquierdo y le acarició el hombro.

-Lo estás haciendo muy bien. Ni siquiera puedo sentir nada todavía.

-Puedo estar equivocado. Llevamos mucho tiempo dando vueltas.

-No, no lo creo. Y tú lo sabes.

Rodaban por una de aquellas enormes autopistas de circunvalación, un poco por debajo de la velocidad máxima permitida. Su primer impulso fue conducir lo más rápido que sabía -que no era demasiado, puesto que apenas tenía el carnet desde hacía un par de meses- por suerte sus acompañantes supieron calmarle en parte y frenar su prisa. Llevaban más de una hora dando vueltas, de un extremo al otro de la ciudad. Miraba los carteles indicadores azules sin acertar a comprender nada, mientras aquella sensación de malestar y terror continuaba creciendo en su tripa, agotándole.

Mecánicamente, accionó el intermitente y tomó un desvío. Un barrio del extrarradio. Calles con nombres anónimos y edificios construidos en los ’70, quizás antes. Algunos les recordaban a colmenas. Calles irregulares, a veces estrechas, a veces anchas. Coches aparcados encima de las aceras.

Minutos antes compartian una animada charla en una pizzeria. Los seis. Quién les observara pudiera pensar que eran un grupo de profesores y alumnos, quizás. O una pareja, comiendo con unos amigos, y con sus hijos. En parte tenían razón. Los mayores en edad y sabiduría, Silvia, Irene, Martín y Carlos, les enseñaban y evaluaban a la vez que cuidaban de ellos, Paula y Marcos.

Charlaban animadamente. Los más jóvenes se interrumpian constantemente, rememorando lo ocurrido durante la mañana. Sus ojos brillan de entusiasmo. Los mayores intercambian sonrisas y miradas de complicidad, recordando, años antes, situaciones similares con ellos de protagonistas.

Un par de pizzas, coca-cola, agua, según gustos. Hasta que ….

Marcos levanto la cabeza y su mirada se cruzó con la de Silvia. Torció la boca en una mueca de desconcierto y desasosiego.

-¿Qué te pasa?

-No es nada.

Se levantó atropelladamente, y buscó los servicios con pasos apresurados. A la vuelta, diez minutos después, tenía peor cara: blanco y tembloroso.

-¿Has sentido algo?

-Si. Pero no puedo precisarlo. Solo se que me siento fatal. ¿Sientes algo? Deberías poder sentirlo ... Tu ... Sabes más que yo.

-Debería pero ...

Silvia miró a Martín.

-¿Nada?

Negó con la cabeza. Suspiró.

-Igual estoy equivocado … -

-Solo hay una manera de averiguarlo. Buscar. Como siempre.

En la calle les esperaba una Fiat Scudo de la organización, suficiente para acomodarles a los seis. Irene le lanzó las llaves a Marcos.

-Conduces tu.

-¿Por qué?

-Tengo la impresión de que sigues un rastro muy tenue … Sigue tu instinto.

Un instante. Volvió a sentir ese vértigo en la tripa. Sivia sintió un escalofrío. Ahora podía percibirlo: débil, desconcertante. Una pequeña llama brillando en la oscuridad. Una luz roja destelleando en el cielo. Suspiró.

Giró a la derecha y luego a la izquierda. Al final de la calle arrancaba una especie de descampado: tierra, hierba, charcos y grava. Algunos coches aparcados desordenadamente. Y, un poco más allá, la silueta de varios edificios. Una mirada más precisa podría advertir los puntales en los soportales y algunas ventanas tapiadas.

Detuvo la furgoneta en un extremo del descampado, paró el motor y abrió la puerta con manos temblorosas. El primer impulso fue salir corriendo, pero Silvia le tomó por la muñeca derecha y le detuvo.

-Espera. No tengas tanta prisa. Ahora iremos todos juntos. Y despacito.

No le hizo caso. Salió corriendo.

-Maldita sea.

Silvia corrió tras él.

El corazón le martilleaba desbocado en las sienes cuando detuvo su carrera frente aquel portal. El edificio parecía ocupado: la fachada, llena de pintadas. Las ventanas, cegadas con yeso y rasillas.
Silvia alcanzó su posición apenas treinta segundos después.

-Te he dicho que no corras. ¿No me has oído?

-Lo siento Silvia. Todo está mal. ¿Puedes sentirlo?

-Ahora si. Y por eso te he dicho que no corrieras. Has dejado atrás a tu mago. Has dejado atrás a tus profesores. Estamos aquí para que nada malo os ocurra. Además de como profesores.

-Lo siento. No quería perder el rastro.

-Lo se.

-¿Puedes sentirlo?

-Si. ¿Qué emoción provoca en tí ese rastro?

-Estoy cagado de miedo. Esto ... Me hace sentir miedo.

-No debería decirlo, pero a mí también me asusta.

-¿Qué vamos a hacer?

-¿Qué harías tú? Si yo no estuviera aquí. Si no estuviéramos aquí.

El resto del grupo llegó gastado donde estaban ellos dos.

-No lo sé. Una parte de mí quiere seguir adelante. Otra me grita que me dé media vuelta y salga corriendo.

-Si esto fuera un ejercicio teórico ¿Cómo resolverías esa duda?

-Lo primero sería ... Intentar saber cómo es de mala la sensación.

-Evaluar la amenaza. Correcto. ¿Cómo es de grande la amenaza?

-Muy grande.

-¿Más grande que la magia de tu mago? ¿Más grande que las habilidades de Paula?

-No lo sé. Creo que sí.

-Dudabas sobre si avanzar o retroceder. Si estuvierais los dos solos ¿Qué harías?

-Retroceder. Buscar ayuda.

-Pero has salido corriendo tu solo.

-Lo siento. Yo solo ...

-No querías perder el rastro. Te entiendo. Pero no ha sido lo más inteligente. Intenta tenerlo en cuenta la próxima vez. Además de Paula, cuentas con dos magos más. Dos magos expertos. ¿Cambiarías tu decisión?

-Si. Entraría en el edificio.

-¿Tu solo?

-No. Los seis.

-¿En qué orden?

-No lo sé.

-Es una pregunta difícil. En mi opinión, lo más adecuado sería ir tú y yo delante. Los tres magos en medio. Y el otro vidente detrás. Cubriendo las espaldas. ¿Alguien tiene otra idea? Hablad sin miedo.
Intercambiaron miradas. Algunas serenas,     otras llenas de nervios y miedo. Asintieron. Parecía la opción más sensata.

-Si todos estamos de acuerdo, adelante. Pero con cuidado. En el momento que alguien no lo vea claro, retrocedemos y pedimos más ayuda.

-¿Más ayuda? ¿Tan mal lo ves?

-No lo veo ni mal ni bien. Mi prioridad es la seguridad de todos. Adelante.

Marcos miró a Silvia. Ella le sonrió y asintió.

Vamos allá.

Marcos intentó abrir la puerta del portal. Estaba cerrada con llave.

-Has tocado una puerta que no conoces sin guantes. ¿Crees que has hecho lo correcto? -Preguntó Silvia.

-La puerta no me asusta. Me asusta lo que hay dentro.

-¿La puerta es una amenaza para nosotros?

-Creo que no.

-Pero está cerrada con llave. ¿Qué te dice eso?

-Que no quieren que entremos.

-Puede ser. Pero, si fuera un portal cualquiera ¿Qué sería lo más habitual? ¿Que la puerta estuviera cerrada o abierta?

-Cerrada. Y más en un barrio como éste.

-¿Percibes magia en la puerta?

-No. ¿Tú ...?

-Tampoco. ¿Cómo abrirías la puerta?

-Sin hacer ruido ...

Buscó en el bolsillo trasero del pantalón vaquero. Sacó una lámina de plástico transparente semirrígido. De un tamaño algo mayor a una tarjeta de crédito o un carnet. En menos de 20 segundos, la puerta estaba abierta.

-¿Quién te ha enseñado a hacer eso?

-Mi abuelo. Es mecánico pero también sabe un poco de cerrajería.

-Has sabido resolver la situación de forma rápida. Pero recuerda que cuentas con más recursos. Cuentas con tres magos. No lo olvides.

El interior del portal estaba en penumbra. Marcos pensó en buscar el interruptor, pero quizás no fuera una buena idea. La luz podría alertar a alguien dentro de la casa. Silvia pareció leer sus pensamientos. Volvió la cabeza y susurró: "luz tenue". Una diminuta bola de luz anaranjada, del tamaño de una canica, se materializó en la nada, flotando a media altura, delante de Marcos. Hubiera preferido seguir en penumbra. Las paredes estaban repletas de signos. La pintura roja destacaba sobre el blanco del yeso.

De sus labios escapó una maldición apenas audible.

-Me cago en ...-

-Habla bien. ¿Sabes que significa?

-Una invocación.

-¿De qué nivel?

-Cinco.

-Es correcto. Hace años que no veía una invocación de un nivel tan elevado.

-¿Podemos seguir?

-¿Qué harías tú? ¿Afecta a la decisión que tomamos hace cinco minutos?

-No lo sé.

-¿Qué te dice tu instinto?

-El mal se puede revertir todavía. Ahora. Cada minuto que pase será peor.

Silvia asintió.

-Pero te asusta avanzar. Te da miedo. Yo también tengo miedo. Intento que el miedo no me impida pensar. Eso que te asusta, ese mal, es poderoso. Pero nosotros también. ¿Sabes a qué me refiero?

-Una campana de protección.

-Eso es.

-Invisible.

-Perfecto. Paula, es tu turno.

Marcos clavó sus ojos en los labios de Paula.  Apenas en un susurro, pronunció las palabras precisas. Pudo sentir como esa burbuja protectora les envolvía a los seis.

-Irene ¿cómo lo ves?

-Impecable. Ejecutar un hechizo aquí no es lo mismo que en clase. Ni el entorno ni los nervios ayudan. Buen trabajo, Paula.

-Adelante, Marcos. Puedes ir un paso por delante de mí, si lo prefieres. Pero sólo un paso ¿Vale?

Marcos asintió. Avanzó apenas unos centímetros por delante de Silvia. Buscó las escaleras. Se movía con esa mezcla de agilidad y silencio tan suya. Como un gato. Cuidaba donde ponía los pies, esquivando basura y cascotes. Las escaleras parecían sólidas.

-Están en el último piso -Susurró Marcos.

Silvia asintió. Ascendieron sin apresurarse pero tampoco despacio.

-Puerta B.

-¿Estás seguro?

-¿Tu no?

El grupo se detuvo un instante ante la puerta que Marcos había señalado. Esta vez Irene tomó la palabra. Con ese marcado acento escocés que le caracterizaba.

-Paula, continúa con la campana. Yo abriré la puerta. Martín y Carlos nos cubrirán las espaldas. Silvia ¿que opinas de la puerta?

-Que no es una puerta.

-Marcos ¿Estás de acuerdo?

-Es una trampa.

-Irene ¿Podrás abrirla?

-Dame un minuto.

Un minuto. Sesenta eternos segundos hilvanando el hechizo adecuado para abrir la puerta.

-Todos atentos. Allá va.

La puerta se deshizo ante sus ojos. Sin ruido. Ni un fogonazo. Ni una explosión

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