Todas las ciudades tienen decenas de lugares bellos. Incluso el más aséptico de los barrios dormitorio de una gran urbe como Madrid pueden tener rincones con encanto. Un parque, una fuente, una estatua, una avenida. Sólo hay que saber buscarlos, mantener ojos y mente abiertos.
En cada nueva ciudad que visito, acostumbro a ir al menos a una estación de tren. A veces por necesidad, porque de camino a algún otro lugar he de tomar un tren. Otras, a propósito. Algunas estaciones tienen edificios realmente preciosos, y cargados de historia. Ahora me viene a la mente la preciosa Estación de Francia y sus inconfundibles andenes lévemente curvos. Otras, parecen museos de arte contemporáneo por su arquitectura vanguardista. Un ejemplo de ello es Berlin Hauptbahnhof, la Estación dentral de Berlín, un palacio de cristal, acero y hormigón.
La historia que os voy a narrar tuvo lugar en Milán. En la Stazione di Milano Centrale. Es un edificio, construido a finales del Siglo Veinte, de proporciones enormes, ante el que uno se siente pequeño, casi insignificante. Su fachada principal, llena de columnas, parece más propia de un templo griego o romano que de una estación.
Me gustan las estaciones, pero también los trenes. Así que me aparté un poco del grupo con el que estaba visitando Milán y me dejé llevar por entre los andenes. Perdido entre viajeros, turistas y ciudadanos de Milán. De vez en cuando, ayudado por una, entonces moderna, cámara digital, capturaba un instante. Congelaba el tiempo en la tarjeta de memoria de la cámara. Una locomotora, que estaba a la cabeza de un interminable tren de viajeros, llamó mi atención. Enorme, cuadrada, maciza. Azul, verde y blanca. Se me antojaba un dinosaurio escapado de otro tiempo y otro lugar. No encajaba con el resto de trenes, sobre todo los afilados modelos de alta velocidad. Como no podía ser de otra manera, le hice una foto. Pendiente de la pantalla de la cámara no me percaté que alguien se acercaba a mí y llamaba mi atención en italiano. Pensé que se trataba de alguien que trabajaba en la estación. Quizás estaba prohibido hacer fotos dentro de la estación, por seguridad.
Levanté la mirada y me topé con un tipo vestido con un mono azul, y botas de trabajo. Era menudo, no más allá de un metro sesenta. Los ojos, azules y vivos. La barba y el pelo, escasos y blancos. Debía rondar los sesenta años, quizás más. No hablaba inglés y yo apenas unas pocas palabras en italiano, pero supimos entendernos. Me dijo llamarse Giovanni y ser maquinista. Me preguntó si me gustaba la locomotora. Le dije que sí. Se sorprendió que alguien tan joven -aunque yo ya no era un adolescente, precisamente- se fijara en una locomotora tan antigua. Me dijo que estaban a punto de retirarla del servicio. Como a él. Que estaba a punto de jubilarse. Me habló de cómo los trenes y el mundo habían cambiado desde los años sesenta del siglo pasado, cuando comenzó a trabajar como ayudante de maquinista. Que se sentía viejo y arcaico, una pieza de museo ante tanta modernidad. No supe que decirle. Porque yo también me sentía a veces así, a pesar de no haber cumplido los treinta.
Por desgracia no pudimos hablar mucho rato. El tren estaba a punto de partir y él era el maquinista. Antes de irse, nos estrechamos la mano. Y me dijo cómo llamaban cariñósamente a aquella serie de locomotoras: Caimano, caimán en italiano. Le vi alejarse camino de la locomotora con sus pasos pequeños y rápidos y me pregunté si, alguna vez, volveríamos a encontraros y podría contarme más a cerca de su historia como maquinista en los ferrocarriles italianos.
Me gustan las estaciones, pero también los trenes. Así que me aparté un poco del grupo con el que estaba visitando Milán y me dejé llevar por entre los andenes. Perdido entre viajeros, turistas y ciudadanos de Milán. De vez en cuando, ayudado por una, entonces moderna, cámara digital, capturaba un instante. Congelaba el tiempo en la tarjeta de memoria de la cámara. Una locomotora, que estaba a la cabeza de un interminable tren de viajeros, llamó mi atención. Enorme, cuadrada, maciza. Azul, verde y blanca. Se me antojaba un dinosaurio escapado de otro tiempo y otro lugar. No encajaba con el resto de trenes, sobre todo los afilados modelos de alta velocidad. Como no podía ser de otra manera, le hice una foto. Pendiente de la pantalla de la cámara no me percaté que alguien se acercaba a mí y llamaba mi atención en italiano. Pensé que se trataba de alguien que trabajaba en la estación. Quizás estaba prohibido hacer fotos dentro de la estación, por seguridad.
Levanté la mirada y me topé con un tipo vestido con un mono azul, y botas de trabajo. Era menudo, no más allá de un metro sesenta. Los ojos, azules y vivos. La barba y el pelo, escasos y blancos. Debía rondar los sesenta años, quizás más. No hablaba inglés y yo apenas unas pocas palabras en italiano, pero supimos entendernos. Me dijo llamarse Giovanni y ser maquinista. Me preguntó si me gustaba la locomotora. Le dije que sí. Se sorprendió que alguien tan joven -aunque yo ya no era un adolescente, precisamente- se fijara en una locomotora tan antigua. Me dijo que estaban a punto de retirarla del servicio. Como a él. Que estaba a punto de jubilarse. Me habló de cómo los trenes y el mundo habían cambiado desde los años sesenta del siglo pasado, cuando comenzó a trabajar como ayudante de maquinista. Que se sentía viejo y arcaico, una pieza de museo ante tanta modernidad. No supe que decirle. Porque yo también me sentía a veces así, a pesar de no haber cumplido los treinta.
Por desgracia no pudimos hablar mucho rato. El tren estaba a punto de partir y él era el maquinista. Antes de irse, nos estrechamos la mano. Y me dijo cómo llamaban cariñósamente a aquella serie de locomotoras: Caimano, caimán en italiano. Le vi alejarse camino de la locomotora con sus pasos pequeños y rápidos y me pregunté si, alguna vez, volveríamos a encontraros y podría contarme más a cerca de su historia como maquinista en los ferrocarriles italianos.
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