Cambios en el tablero. Piezas de ajedrez que intercambian sus posiciones. Desde mi atalaya, con mi fiel ametralladora de palabras al alcance de las yemas de mis dedos y de mis ojos. Con los prismáticos al cuello. Guardando las espaldas. Manteniendo los ojos y los oidos abiertos. De nuevo bajo a la tierra. Abandono mi querida posición de francotirador de palabras, mi atalaya. La azotea de un edificio que apenas se tiene en pie tras muchos impactos de morteros y obuses.
Mientras recorro la avenida de los francotiradores al volante de mi viejo Nissan Patrol militar suena Héroes del silencio en el radio cassette.
"La derrota no es una opción, y no hay excusas. Para siempre me parece mucho tiempo".
De copiloto llevo a otro miembro del ejército de los serafines. Ella es, en parte, como yo. He aprendido a buscar las cosas que tengo en común con el resto de seres humanos, en lugar de centrarme en las diferencias.
Me siento cómodo a ras de tierra, rodeado de seres humanos. De algunos de ellos. Tejiendo lazos y vínculos.
Ella me indica que ha agotado su munición. Yo le cedo un par de cargadores. Suficiente hasta que pueda retornar a la base y reabastecerse.
La batalla termina por ésta semana. Bunbury canta en los auriculares. Estoy cansado y tengo algunas ganas de llorar, pero sabré calmarme.
El lunes los engranajes volverán a girar. Fuera embrague y gas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario