miércoles, 27 de febrero de 2019

Almendros en flor.

A través de la diminuta y ovalada ventana del avión Myriam contempla un universo blanco. La aeronave gana altura en un suspiro y se aleja de campos cubiertos de nieve hasta donde le alcanza la vista. Parece imposible que la vida pueda abrirse paso en aquel reino de hielo y nieve. De inviernos interminables y oscuros. Suspira y juguetea con su pelo largo y cobrizo, recogido en una trenza. A pesar de volar a velocidades difíciles de concebir para un ser humano, se le antoja que el tiempo transcurre lento. Que cada segundo se alarga. Segundos de chicles, gominolas y regaliz rojo y dulce.

Una eternidad después, el avión aterrizó en lo que se le antojó un mundo diferente. En la aproximación al aeropuerto, una paleta infinita de colores se despliega ante sus ojos: el azul del mar, el verde de los campos de frutales, el naranja de la arena y el gris de las montañas afiladas. La ciudad en la que había crecido parecía distinta. Más grande. Llena de edificios enormes, altísimos, monstruosos, pegados al mar. Quizás, como los árboles, necesitaban humedad y calor para poder crecer. Quizás ella también necesitaba luz y calor para poder seguir viviendo.

El empleado de la empresa de alquiler de coches se dirigió a ella en inglés y, por costumbre, ella continuó la conversación también en inglés. En el interior del coche, blanco, pequeño y muy moderno, pensó que, a pesar de haber nacido a menos de cien kilómetros de allí, se sentía extranjera. Antes de arrancar el motor, rebuscó en el interior de su bolso. En el fondo encontró unas gafas de sol en su funda. Regalo de su marido. "En España siempre luce el sol" le dijo al despedirse de ella en el aeropuerto. No quiso contradecirle. Pero recordaba otoños de lluvias torrenciales e inundaciones. La fuerza del agua, imposible de contener. La fuerza de emociones desbocadas en su interior, imposibles de encauzar. El poder destructor de avenidas y emociones.

Buceó en sus recuerdos. Confiaba más en su mente que en la memoria informática del navegador del coche. Le costó un triunfo salir del aeropuerto, cruzar la ciudad y adentrarse en la autopista de peaje. A ras de tierra pudo contemplar con más detalle el paisaje visto desde las alturas. A la derecha de la autopista, el mar. A la izquierda, la montaña. Hasta donde alcanzaba la vista, más allá de los guardarrailes que delimitaban el asfalto, naturaleza desbordante y preciosa.

Almendros en flor. Tan pronto como salió de la autopista, se topó con el primer campo de almendros en flor. Flores de tonos entre blancos y rosados, distintos según la variedad del almendro. Un eón después, llegó a un diminuto pueblo de calles estrechas y empinadas, de casas encaladas de blanco. Detuvo el vehículo frente a una de ellas. Bajo la luz de la tarde, a la sombra de un almendro, distingió a un anciano sentado en una silla de anea. Bajó del coche y fue incapaz de contener las lágrimas.

-Buenas tardes, padre-

No hay comentarios:

Publicar un comentario