Estoy en una pequeña burbuja de calor y silencio hecha de metal, cristal y plástico. Ser capaz de conducir un coche me produce satisfacción. Me queda esperar un buen rato pero estoy tranquilo. Eso es lo importante.
El aire frío y húmedo me golpeó en la cara. Esa sensación de enfado y lágrimas a punto de salir tan familiar. Me pude calmar. Andar me sentó bien.
En el futuro las cosas me afectarán menos. En otras ocasiones no habría dormido apenas nada. Hoy me desperté algunas veces y he dormido menos que ayer. Pero en cuanto salga de la sesión de cuidados para mis rodillas (que son a la vez robustas y delicadas, como todo yo), tengo un día entero para mí. Para descansar e ir a la piscina por la tarde.
Se que voy avanzando. Que me centro en buscar soluciones en lugar de recrearme en lo que está mal. Hoy es una buena muestra de ello.
La luz va cambiando poco a poco. Será un amanecer de luz tenue, detrás de las nubes. Sobre las nubes siempre está el sol, aunque no podamos verlo. Pero mi techo de vuelo es cada vez más alto. Y puedo volar a muchos pies del suelo, sobre las nubes.
La espera me hace recordar cuando comía los viernes en el interior de un coche. O bajo la sombra de un árbol en una silla azul. Música, soledad y lectura. Casi como entonces. Ahora soy un poco más sociable. Han pasado 13 años desde entonces.
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