lunes, 25 de febrero de 2019

Luz

La luz ha cambiado. Al cruzar la familiar cancha de baloncesto y de fútbol sala, con la silueta de los rascacielos al fondo, el cielo tenía un color ligeramente distinto. Más suave. Cercano al azul suave, anaranjado o púrpura, del amanecer.

Estaba entrando de nuevo un poco en bucle. Pensando en el examen quizás, o en lo que pasó o en como me siento, o en lo que le contaré a la psiquiatra. Pero me di la vuelta y me encantó el color del cielo. Busqué un trípode improvisado para el móvil. Una verja metálica. Atrapé el instante.

Ahora mismo pienso en lo que escribiré para los dos talleres. Tengo dos ideas en mente. Nunca he tenido que escribir 2 relatos (bueno, un relato y una escena, o una secuencia, parte de un acto) en dos semanas. Es precioso. Que sea fluido y fácil. Los talleres en sí. Escribir a veces no me resulta tan fácil, sobre todo cuando se que será leído o escuchado por alguien. Antes sólo me leía una amiga bloguera.

El fin de semana fue mejor que el anterior, a pesar de alguna visita de mi eterna compañera de viaje. La ansiedad. Todavía me despierto pronto, pero al menos los fines de semana me sirven para descansar y desconectar. Para ver cosas  bonitas, almendros en flor e incluso compartir momentos con otros humanos. Aunque incluso eso me resultó un poco agotador.

Agotadora, convulsa, desesperante, dolorosa. Pero también, esperanzadora, bella, con la energía y la luz de la quasi-primavera. Así fue la semana pasada.

El pasado no se puede cambiar. El futuro si. El presente si.

Compartir tren y conversación con una compañera/amiga. Buscar su interacción alterando el recorrido. Son pocas las personas cuya conversación no le satura. Pero cada vez son más.

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