El interludio me ha servido para descansar. Lo he agradecido. Fue una decisión acertada.
(Depeche Mode sonando en los auriculares tapa ruidos y voces humanas, pero no lo suficiente. Al menos ya no tengo que concentrar mis energías en seguir una conversación. Que no me resultó desagradable. Quizás innecesaria.)
Ahora tengo ganas de llegar a casa. Ya queda menos: sólo unas pocas paradas. Sin la ayuda de la bici azul (que imagino plegada delante de mis rodillas) alguna parada más. Tampoco un tiempo demasiado largo.
Cambio de hora y de tiempo. Más propio de la primavera que los días de temperatura entre suave y cálida de hace un par de semanas. Los cambios de luz me afectan. La gente no lo sabe o no lo recuerda, por eso insisten en comentar la previsión del tiempo para el día siguiente. He de acostumbrarme a que la gente no pueda intuir mi estado de ánimo. Ni siquiera personas que dicen tener intuición. Quizás esas conversaciones banales sean una forma de llenar el silencio, para aquellos a los que les resulte pesado o incómodo. Pero a la vez relacionarme con gente hace que me sienta más agusto o menos incómodo rodeado de gente. Siempre seré de grupos pequeños. Pero poco a poco avanzo.
Reflexiones sobre conversaciones y humanos en una ut446 X2. Mezcla de sueño y lágrimas llamando a la puerta del lacrimal. Deseo llegar a casa ya y poder descansar.
Una vez en casa todo es distinto. Un poco de silencio. Mi refugio. Un precioso paseo en bici. Una nueva máquina pequeña pero a la vez grande. Tal y como lo soy yo. Escribir. Escuchar música. Ver una película. Cenar. Cosas pequeñas pero preciosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario