-¡Vamos, coño! ¡No te quedes ahí parada! ¡A correr!
Jeannine comenzó a correr a través del campo, en dirección a la alambrada que se adivinaba unos cientos de metros más allá. En el límite de la pradera de hierba, donde comenzaba el bosque, la malla metálica coronada de alambre de espino brillaba bajo la luz de la mañana.
A los pocos metros Jeannine volvió la cabeza. Myriam seguía donde la dejó unos instantes antes. En cuclillas sobre la hierba, junto al cuerpo inerte del guardia. Incapaz de moverse.
-¿No me has oído? ¡Me cago en la puta! ¡Corre de una vez!
"No voy a ir a buscarla. Que haga lo que le salga del coño".
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