-Onda vital ilimitada.
Sin apartar la vista de la pista, ni sus manos y pies del volante y los pedales, murmuró esas palabras.
-¿Qué has dicho?- Preguntó Marina.
-No importa. Recordaba una serie de televisión. De animación.
-¿Cómo puedes pensar en eso ahora?
Marina ocupaba el asiento del copiloto. A Marcos, que conducía el coche, le hubiera gustado sentir cómo se encontraba, pero ese don le había sido arrebatado hacía demasiado tiempo. El sudor bañaba su rostro y respiraba pesadamente. Eso le bastaba para intuir su enorme agotamiento.
El pequeño Suzuki color cobre volaba literalmente por la pista embarrada. El barro salpicaba los cristales. Los limpiaparabrisas apenas daban a basto para contener la avalancha de barro.
-Tienes que correr. Como tu sabes. Hoy .... es preciso.
Marina nunca se alteraba. Conservaba esa mezcla de serenidad e ironía tan suya en las peores circunstancias. El miedo que percibió en sus palabras alimentó su propio temor.
Conducir tan rápido como pudiera. No era tan difícil. Mentira. Si que podía llegar a serlo. Dependiendo de las circunstancias. Intento olvidar su miedo y concentrar su mente y su cuerpo en lo que tenía entre manos. Nunca mejor dicho. El volante, los pedales, el cambio. Incluso la palanca de la caja de transferencia requirió de sus atenciones.
-Tu puedes pequeño, me cago en la puta- Susurró Marcos.
-¿Ahora hablas con los coches?
Escuchaba y notaba las cuatro ruedas patinando sobre el barro mientras subían aquella empinada rampa, de primera con reductora.
-¿Por qué no? Ahora dependemos de él. ¿Todavía nos siguen?
-No lo sé. Me duele mucho la cabeza. Me cuesta pensar. Me encuentro mal.
No lo sé. Marina parecía o podía persentirlo casi todo. El pequeño Suzuki acabó por coronar la rampa. Quitó la reductora y se esforzó en hacer volar el coche sobre un terreno que tornaba ahora un poco más favorable.
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