-Sabes que no me debes nada. Lo sabes ¿Verdad?
-El pasado no se puede cambiar. Estoy orgullosa de lo que fui pero también de lo que soy. Muy orgullosa. Sabes que no me debes nada, pero necesito tu ayuda.
Una madeja. A veces se le antojaba que su vida, que cada vida era una enorme madeja de lana, tejida y a la vez enredada por una mezcla de azar, destino y libre albedrío. El comienzo de aquel enredo fue un SMS.
Necesito hablar contigo cuando antes.
Unos pocos caracteres en aquella pequeña pantalla de cristal líquido. Primero la obligación, luego la devoción. Cuando leyó el mensaje de texto estaba a punto de iniciar su turno. Los pájaros de metal requerían de sus cuidados. Como un ave que hace una pausa en mitad de una migración.
Un avión. Y otro más. Una hora. Otra hora. Así hasta el final de su jornada. Todavía le fascinaban los despegues. Desde un rincón de la rampa, siempre que tenía un instante de respiro, contemplaba aquellas moles de metal dejando el suelo.
Positive climb.
El vacío.
Era demasiado pequeño. No va a acordarse de nada.
Mentira. Lo recordaba cada día.
Antes de volver a casa, a punto de montarse en su vieja Vespa Primavera, Miguel decidió llamarla.
-¿Paula?
-Ha pasado mucho tiempo.
-¿Cómo va todo? ¿Cómo está Esther?
-No has perdido un ápice de intuición. Sabes que no me debes nada. Lo sabes ¿Verdad?
-Eso no es cierto del todo.
-Tu habrías hecho lo mismo por mi.
-Por supuesto.
-El pasado no se puede cambiar. Estoy orgullosa de lo que fui pero también de lo que soy. Muy orgullosa. Sabes que no me debes nada, pero necesito tu ayuda.
-Será un placer. Y un honor.
-Todavía no te he dicho lo que quiero pedirte.
-Intuición. Tu misma lo has dicho.
-No quiero hablar de esto por teléfono. Es demasiado frío.
-Las máquinas no dan abrazos.
-Echo de menos tus abrazos.
-Y yo los tuyos.
-Ven a pasar el fin de semana a casa. Siempre será la tuya.
-Allí estaré.
-Te quiero.
-Y yo a tí.
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