El alba la sorprendió despierta una vez más. La luz se filtraba por las ventanas, todavia suave. Sin embargo el calor era de nuevo denso y pesado denso y pesado, como siempre. Su mirada se paseaba por las grietas del techo. Se le antojaban caminos de dolor y perdición esculpidos en el yeso. Por fin decidio ponerse en pie. Sarajevo, un enorme pastor alemán dormitaba junto al colchón donde ha dormido ella. No había somier que lo sustente, ni cuadros en las paredes. Ni tampoco lámparas. Ni muebles. Sólo suelo de madera, desgastado, paredes desnudas, apenas una mesita de noche con un candil y una caja de cerillas. Y un piano de color negro. Descalza recorre los pocos pasos que le separan de baño.
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