-Te dije que tú traes suerte. Te lo dije-
Le abrazó con tanta fuerza que escuchó crujir sus vértebras.
-Eh, ten cuidado. La espalda duele-
No se lo tuvo en cuenta. Michael ponía la misma pasión y determinación en todo lo que hacía: desde hablar a pilotar un helicóptero o empuñar un arma. Y su físico de gigante, de gladiador, sus casi dos metros de piel azabache, reforzaban esa determinación.
Estaban en el pasillo del hospital de una base militar cuyo nombre y ubicación eran más o menos confidenciales.
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