COME ON, PUSH.
Grito y sé que nadie me oye gritar. Los cristales y el resto del coche me aíslan del exterior. Una coraza. Una protección contra el frío y el aire. Casi una burbuja. Una burbuja que proporciona una falsa sensación de ser invulnerable, porque de sobra se que un impacto lo suficientemente fuerte puede deformar la carrocería de acero estampado como si de una lata de refresco se tratara. Grito tan fuerte que las palabras salen rotas, estridentes. Respiro profundo, recoloco las manos en el volante más o menos a las 10 y 10 y me concentro en conducir: lo que hay delante, pedales, volante, espejos, cambio, intermitentes.
La luz es escasa pero bonita. Luz tenue de tarde de invierno y cielo completamente cubierto, cielo plomizo y opresivo. Ha llovido o medio llovido, el suelo está húmedo y hay gotas en la carrocería y cristales del coche. Un barrido de los limpias ha sido suficiente para permitirme ver a través de ellos. Me fascina ver cómo, al coger velocidad, el aire hace temblar y moverse las gotas que hay sobre el capó.
El deseo de salir corriendo y volver al caparazón. Un lugar cálido y silencioso, de luz tenue. Y sobre todo sin nadie. No querer, no apetecerte ver a nadie.
Me cuesta mucho expresar mis sentimientos cara a cara a otro humano. Soy pudoroso dentro y fuera de la red. A veces la tristeza todavía me puede. A veces no soy más que capaz de dormir a ratos y a saltos. Una noche así puede antojarse muy larga, aunque su duración real sea idéntica a cualquier otra noche.
A quién le podría decir esto. Sin dañarle, sin hacerle sentir mal y que yo a la vez me sintiera un completo desastre de persona y completamente avergonzado por sentirme no-bien sin motivo aparente.
COME ON, PUSH!
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