De 2012. Casi en una vida anterior. Empezar el año con incertidumbre, que se concretó apenas 3 meses después. Lo que pudo ser y no fue. La anosmia. El necesitar un tractel para salir de la cama. La comida de despedida en la que me sentí siempre fuera de lugar. M. El ordenador que se rompió y el sustituto (que años después también se rompió). Todo lo aprendido. Al final, como sospechaba, no volví a trabajar en distribución sector prensa. No se qué habrá sido de unos y otros, de los que compartí oficina y tareas en las dos etapas. Todo eso no sirvió para nada.
De vuelta en Madrid, con muchísimo calor pero con más intimidad. Mañana tengo telepsiquiatra (por videollamada por primera vez, antes hubo x4 consultas por teléfono) y espero poder contarle todo lo que ha pasado en solo una semana.
Me siento fuera de lugar, ajeno a las vidas que tienen las personas normales.
Por otra parte pienso en cómo tengo más capacidad para buscar solución a los problemas que me surgen. La máquina roja está arreglada. La balda que cedió, sustituida por una estructura metálica más robusta, pero a la vez ligera. He ordenado papeles, libros, cuadernos, he recordado la terapia de grupo de 2015, he recordado trabajos anteriores, he releído la libreta que usé de 2018 a 2020 (curioso que en 2021 y en 2022, hasta el cuaderno verde, no escribiera nada).
Tengo mis cosas, mis cochecitos, de nuevo ordenadas, y tengo más espacio para LEGO y Playmobil.
Tengo fuerzas para seguir adelante. Tengo recursos para subsistir mientras encuentro trabajo. Tengo ayuda de familia de sangre y de familia de afectos.
Pero estoy tan cansado de pelear por todo. Estoy tan cansado.
“Pase lo que pase, acuérdate siempre de pedir perdón y de dar las gracias a quien quieres antes de perderlo”.
Alejandro Palomas.
PERDÓN Y GRACIAS.
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