Casi en una vida anterior, en Septiembre de 2016. Cuando tenía trabajo y vacaciones. Cuando podía dormir muchas horas y llevaba casi un año sin medicación. Cuando iba al médico muy puntualmente, por alguna gastroenteritis o similar. Fui a IFEMA, a ese recinto ferial precioso y enorme que recuerdo de salones de motos y coches de la década de 1990 y de la década de 2000. Vi cientos de bicis, todas preciosas y carísimas. Entonces el 1x12 era el futuro. Mi bici todavía tenía un, entonces ya vetusto, 3x10. Una de las marcas que exponía sus bicis era Colnago. Me recordaba a épocas pasadas y heroicas del ciclismo de carretera. Al Clas/Mapei. A Tony Rominger. A Bicisport, revista que devoré desde Noviembre de 1990.
Una bici clásica de acero, que ni siquiera tiene los cables de los frenos bajo la cinta de manillar, con palancas de cambio en el tubo y, quizás, hasta con pedales con rastrales o de plataforma de acero o aluminio cromado. Como la vieja bici de carretera que me regalaron en 1997 y con la que recorrí la Baja Alcarria durante casi dos años.
Me seco las lágrimas. Saco mi caja de herramientas y rosco, con cuidado, unos pedales de BMX de nylon, transparentes, en las preciosas bielas de los 80 o de los 90. Me visto de romano, pero con un cortavientos amarillo para que me vean y salgo a las calles, camino de clase o de la consulta de la psiquiatra.
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