domingo, 6 de noviembre de 2022

Arabesque

Casi en una vida anterior, en Septiembre de 2016. Cuando tenía trabajo y vacaciones. Cuando podía dormir muchas horas y llevaba casi un año sin medicación. Cuando iba al médico muy puntualmente, por alguna gastroenteritis o similar. Fui a IFEMA, a ese recinto ferial precioso y enorme que recuerdo de salones de motos y coches de la década de 1990 y de la década de 2000. Vi cientos de bicis, todas preciosas y carísimas. Entonces el 1x12 era el futuro. Mi bici todavía tenía un, entonces ya vetusto, 3x10. Una de las marcas que exponía sus bicis era Colnago. Me recordaba a épocas pasadas y heroicas del ciclismo de carretera. Al Clas/Mapei. A Tony Rominger. A Bicisport, revista que devoré desde Noviembre de 1990.

Una bici clásica de acero, que ni siquiera tiene los cables de los frenos bajo la cinta de manillar, con palancas de cambio en el tubo y, quizás, hasta con pedales con rastrales o de plataforma de acero o aluminio cromado. Como la vieja bici de carretera que me regalaron en 1997 y con la que recorrí la Baja Alcarria durante casi dos años.


Cuándo vivir se convirtió en sobrevivir. Citas, medicaciones, psicoterapia, archivos compartidos, iatrogenia, esperas, incertidumbre, burocracia, frustración, desidia.

Me siento como en 2014, cuando salía en bici, en la preciosa bici urbana del Decathlon, un día de invierno, de Diciembre, a recorrer Madrid. O en 2018-2019-2020, cuando salía a pasear o a hacer algo por no pensar. Estoy cansado de sentirme así.

Pero a la vez soy consciente de los pasos que doy, de mi resiliencia, de que me acepto cada día. Soy un poco más sociable. Y resolutivo. Soy inteligente. No me encuentro ni al 50% y soy capaz de hacer tareas y exámenes muy bien, rozando el 9. Como hace 2 años.

Aquí estoy.
Estamos.
Con lágrimas que no quieren partir.
Lágrimas de epoxi y de plomo.
Con el sudor reseco del miedo y de la muerte en las manos.
Sin fuerzas.
Pero resistiendo.
Tejiendo redes de apoyo y de amor.
Dibujando estelas en el cielo con las yemas de los dedos.


Me seco las lágrimas. Saco mi caja de herramientas y rosco, con cuidado, unos pedales de BMX de nylon, transparentes, en las preciosas bielas de los 80 o de los 90. Me visto de romano, pero con un cortavientos amarillo para que me vean y salgo a las calles, camino de clase o de la consulta de la psiquiatra.

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