Abandono un paraíso de árboles, senderos, caminos, frescor, silencio. Silencio relativo. El silencio implica que no haya seres humanos cerca, y en una ciudad tan grande eso es casi imposible. Lo más parecido al silencio. El resto de humanos se mueve en grupos o en parejas. Han pasado la tarde en el parque, sobre el césped. Toallas o similares, o mantas de viaje, neveras con comida y bebida fresca. Hasta una especie de red, para jugar quizás al voleibol.
Me muevo en silencio, al caer la noche, como un gato. Recorro calles tantas veces recorridas pero que ahora se me antojan distintas. En parte, porque son distintas. Han cambiado, a veces, hasta los edificios. En parte, porque los recuerdos son en sepia. En parte, porque yo mismo soy diferente.
Mi mente vuelve a viejos laberintos tantas veces repetidos. Momentos, conversaciones pasadas, que me gustaría poder cambiar, cambiar mis respuestas o mi actitud o mis emociones en ese instante. Pero el pasado no se puede cambiar.
Bajo un árbol, dos gatos callejeros que dormitan se sobresaltan ante mi llegada. Dos pequeños ángeles de cuatro patas, uno negro y otro naranja. Pero mi presencia no se les antoja demasiado amenazante. Retroceden apenas unos pasos, cerca del tronco donde se amontonan garrafas de agua y bandejas de poliestireno expandido, que contienen o han contenido agua y comida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario