O quizás, una especie de carril bici en medio de la ciudad que me vio nacer.
Dejarme ir ... No en el sentido de abandonarme, sino dejar de empujar, de enfrentarme a todo. Fluir. De nuevo mimar la inercia. No ser agresivo, sino dulce. Si me apetece paro unos minutos bajo la sombra de un paraíso, como aquel que crecía frente a la casa de mis abuelos. Puedo volver sombre mis pasos, explorar distintos caminos.
Dejo de vivir en mayúsculas e intendo disfrutar del DFN (dolce far niente). Pasear, leer, igual hasta escribir.
Después de la pausa tocará formarme y volver a sacar grava de las cunetas. Pero, lo que tenga que ser será. Y después no es ahora.
Así me he sentido, viejo, inútil, oxidado, pero no es verdad.
Buenos días y buena suerte.

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