martes, 8 de enero de 2019

Némesis: Cuento de Navidad (parte 2)

Parte 1 aquí.

Audio con parte de éste relato.

-¿Cuando te diste cuenta de que no eras ...?

-¿... normal? La normalidad es relativa. Es un término estadístico. A lo largo de toda mi vida he visto muchas cosas que parecen increibles. La primera vez que escuché algo así, algo que parecía una de esas historias para asustar a los niños pequeños, fue de los labios de mi abuelo. Hace mucho tiempo. Yo tendría seis o siete años. Me habló de un amigo que era maquinista en Renfe. La historia que él le contó a mi abuelo, que mi abuelo me contó a mí y que yo voy a contarte, tuvo lugar aquí mismo. En el apeadero de O'Donnell.

-Apuesto que es una historia de fantasmas.

-Apuestas con sabiduría, Sofía. Si no te aburro, te la contaré.

-Tu nunca me aburres. Al contrario. Me descubres porciones del mundo que no conozco.

-Cuando te conocí pensé que lo sabías todo, o casi todo.

-Eso no es verdad. Soy buena en algunas áreas de la vida. Llámalo formación, perseverancia, experiencia ...

-O instinto.

-Yo no creo en el instinto. Tu si. Empieza con tu historia. Cenar en compañía de una persona cuya conversación es rica e interesante es un placer. Es casi tan placentero como la comida o el lugar en el que comes.

-Espero que mi conversación sea realmente interesante. Porque una Nissan Vanette dista mucho de ser el lugar más cómodo en el que celebrar una cena de nochebuena.

-De no ser por tí la habría pasado en el aeropuerto o en mi ático. Sola.

-Yo también habría pasado la nochebuena sólo. Y puede que hasta durmiendo.

-Somos dos personajes sacados de un cuento de Charles Dickens.

-Tu eres la experta en literatura.

-Y a tí se te da bien contar historias.

-Entonces, empezaré.

El amigo de mi abuelo era maquinista. De trenes de mercanías. No recuerdo cuando tuvo lugar la historia que voy a contarte. Quizás fue a principios de la década de 1970. Estaba a los mandos de una locomotora diesel, al paso por esta misma estación. Se detuvo ante un semáforo en rojo. Porque en las vías de tren también hay semáforos, y otras señales. Era una noche de invierno, de Diciembre. Una noche de frio intenso. Empezaba a nevar. En la cabina de la locomotora, el maquinista y un interventor o un ayudante. Ya no recuerdo cuales fueron las palabras exactas de mi abuelo. Mientras esperaban a que les dieran vía libre para poder seguir con su viaje, el motor de la locomotora se detuvo. Una locomotora no es como un coche. Las locomotoras diesel suelen ser, en realidad, diesel eléctricas. Un motor diesel enorme, más grande que de el de un camión,  que mueve un generador, que a su vez proporciona energía a varios motores eléctricos. Pues el motor diesel de la locomotora se detuvo. En la cabina se hizo la oscuridad. Se apagaron todas las luces, todos los relojes, todos los diales, todos los testigos. Un silencio pesado lo inundó todo. Hasta que empezaron a escuchar algo. Música de violín. Les pareció que venía del exterior de la locomotora. De los andenes de la estación. El maquinista bajó la ventanilla derecha de la cabina y sacó la cabeza. Vio algo que no podría olvidar. Una mujer vestida de blanco, de los pies a la cabeza, tocando el violín. Tenía el pelo rubio, muy largo, recogido en una trenza. Lo vio perfectamente porque ella estaba de espaldas. Sin dejar de tocar el violín se volvió sobre sí misma, muy despacio. El maquinista pudo ver sus ojos, brillando en la penumbra rota por las farolas que entonces iluminaban los andenes. El maquinista estaba a punto de bajar de la locomotora para preguntarle a aquella mujer qué hacía allí. Pero ella dejó de tocar y les hizo un gesto con la mano derecha, la mano con la que manejaba el arco del violín. El maquinista interpretó ese gesto como una advertencia. Quieto ahí. No te muevas. Entonces, la mujer se esfumó ante sus ojos. El motor de la locomotora se puso en marcha de nuevo. Sin que ni el maquinista ni el interventor pulsaran el mando de puesta en marcha. El semáforo se puso en verde. El maquinista movió el regulador o mando de freno y tracción y la locomotora empezó a andar lentamente, arrastrando el pesado tren.

-¿No estaría borracho?

-¿Quién? ¿El maquinista? ¿Un maquinista borracho a los mandos de un tren?

-Conozco bien a los hombres. Muchos más de los que crees, abusan del alcohol.

-Yo conozco menos a los hombres. El área que domino es aquella que está, digamos, en los límites de la realidad. Y, desde mi experiencia, está muy claro lo que pasó.

-Y ¿qué pasó? ¿Qué crees que pasó?

-Un hechizo. La música puede utilizarse como un hechizo. Lo se. Lo he visto. La única mujer a la que he amado era una maga. Si, una maga. Te lo prometo. Te lo juro por la madre que me parió, que Dios (si es que existe) tenga en su gloria. Cuando le conté esta historia, sin pestañear, me dijo que lo que aquel maquinista vio fue un hechizo. La maga estaba de caza. De un tipo de ente digamos que .... oscuro. El maquinista y el interventor o ayudante, no fueron conscientes del peligro que corrieron. Si la maga se hubiera equivocado al realizar el hechizo, los tres habrían muerto. Mientras cenamos, tiene lugar una lucha invisible. Yo he formado parte de esa lucha, durante más de una década. Ahora sigo luchando, pero solo y a mi manera. Entonces, respeté las reglas, tal y como hacían nuestros oponentes. Hasta que ellos me arrebataron al ser que más he amado en éste mundo. Mis compañeros de lucha me repudiaron en cuanto supieron mis intenciones. Vengarme. Matarlos. Desde ese momento me convertí en un asesino. Me entrenaron para defender la vida. Ahora he aprendido a arrebatar la vida. He matado a más adversarios que los años que tengo multiplicados por cien. Y no me arrepiento.

Sofía le miró fijamente a los ojos, sin pestañear.

-No te creo. Es una broma ¿verdad? Una broma de mal gusto.

-Si eso es lo que quieres creer, que así sea. Estaba bromeando. Ya sabes que mi sentido del humor es muy ácido.

-Si es una broma ¿por qué lloras?

-Porque me duele. Lo siento. No quiero que me veas así.

Abrió la puerta corredera de la Nissan y se perdió en la noche. Sofía siguió sus pasos, en silencio.

-Espera. ¿No irás a hacer una locura?

-No estoy loco. Y tampoco quiero dejar de vivir, aunque vivir duela.

-¿Qué puedo hacer por ti? Para que te sientas mejor.

-Música.

-Estás de suerte. ¿Sabes lo que llevo en el bolsillo?

-No.

-Una armónica.

-¿Sabes tocar la armónica?

-Si. Me enseñó una chica que conocí en Zúrich. Me enseñó a besar y a tocar la armónica.

-Seguro que tocas como los ángeles.

-Yo no soy un ángel.

-Yo tampoco. Toca. Por favor.

Y el silencio de la noche se llenó de música. Música de armónica. Marcos no reconocía la melodía, pero le gusto. Era, a la vez, dulce y nostálgica. Le recordó a aquella ciudad de los Estados Unidos llamada Nueva Orleans. ¿Por qué? Si nunca había estado en aquella ciudad ni, siquiera en aquel país. Sólo supo que aquella melodía le calmó y que, cuando Sofía dejo de tocar, ya no lloraba.

-¿Te ha gustado?

-Mucho.

-Has dejado de llorar ¿te encuentras mejor?

-Un poco.

-¿Puedo hacer algo más por ti?

-¿Tienes hambre?

-¿Vas a responder a todas mis preguntas con otra pregunta?

-No.

-¿Quieres que continuemos cenando?

-No tengo apetito.

-Yo tampoco. Cuando te llamé estabas durmiendo. Supongo que estarás cansado. Te dejo descansar por ésta noche. Gracias por tu compañía.

-Gracias a tí también por tu compañía. Y por tu música.

-¿Quieres que conduzca?

-Si no te importa.

-Para nada. Me gusta conducir.

-Pero es una furgoneta. Vieja. Mucho. No es divertida de conducir.

-¿Has olvidado lo que te enseñé? Un conductor experto puede hacer maravillas con un vehículo corriente.

-Lo recuerdo.

-¿La has reparado tu?

-Si.

-Entonces seguro que funciona bien. He conocido a muchos mecánicos y se que tu eres de los buenos. Podrías trabajar como mecánico, si quisieras.

-Exacto. Si quisiera. La furgoneta tiene un motor reconstruido que funciona más o menos bien. Pero no corre como un Ferrari, claro. Los frenos, la suspensión, la dirección, están más o menos igual que como supongo estaban cuando salió de fábrica. Pero te repito que no es un deportivo.

-Pero apuesto que se puede ir de lado con ella.

-¿Sobre asfalto? No lo creo ...

-¿Y sobre tierra?

-Puede ser. ¿Sabrías llegar al otro lado de las vías? Con la furgoneta, digo.

-Claro ¿con quién te crees que estás hablando? Sabría salir de aquí. Siempre tengo una ruta de escape. Sabría llegar a donde creo que quieres llevarme, incluso sin tu ayuda.

-Por supuesto. Te orientas casi tan bien como yo.

-No es verdad. Tu ...

-¿Presiento los peligros? ¿Veo lo que no se puede ver?

-Hoy estás demasiado metafísico.

-Me dibujaron así.

-Da igual. Vamos a la furgoneta. Hace frío. Y tengo frío.

-El frío que viene de dentro. Se lo que quieres decir.

Sofía ocupó el asiento del conductor. Lo colocó a su gusto, aunque sólo se regulaba longitudilamente, no en altura. Era un poco más baja que Marcos, sólo un poco, ni diez centímetros. Arrancó el motor y encendió las luces. Después, cerró la puerta y se abrochó el cinturón de seguridad. Marcos hizo lo propio en el asiento del copiloto.

-Los faros ¿son de serie?

-Las ópticas si. Todo lo nuevas que he podido encontrar, pero de serie. Las bombillas son de la misma potencia pero de mejor calidad. Hay una pequeña diferencia, pero se nota.

-Ya lo creo. Y están bien ajustados. No esperaba menos de ti.

Sofía inició la marcha. Tuvo que detenerse ante la puerta de metálica. Marcos bajó, abrió la cancela, y la cerró una vez hubo pasado la furgoneta. Volvió a montar y comenzaron a rodar en dirección a Ciudad pegaso.

-Gracias.

-¿Sabes cómo aprendí a conducir?

-Se que fue en un Mini, con el volante a la derecha, pero no recuerdo ni cómo ni dónde.

-Fue en un taller especializado en coches clásicos, mi padre colecciona ese tipo de coches. Era muy pequeña. Diez años, quizás once. Estaba aburrida y curioseaba entre los muchos coches del taller. Me llamó la atención un Mini, verde inglés. Nunca había visto un coche igual. Me encantó. Abrí la puerta del conductor y me senté tras el volante. Entonces se me antojó enorme. Ahora, es casi angosto para mi altura. Un mecánico me vió dentro del coche. Le hizo gracia. Le pregunté cómo se arrancaba el motor. Me lo explicó, pero aseguró que no podría arrancarlo, que era muy difícil. Eso me enfadó. Lo intenté, me costó tres intentos pero lo conseguí. Le pregunté al mecánico cómo conducir un coche. Cómo meter las marchas, cómo arrancar desde parado. Me lo explicó a regañadientes. Era demasiado pequeña para llegar a los pedales y ver por encima del volante, me dijo. Cuando me vió conducir el coche, muy despacio, a trompicones, por el taller, no podía creerlo. Quince años después volví a ese mismo taller y le compré ese mini. El apenas se acordaba de mí. Yo nunca olvidé ese momento.

-Es muy propio de ti.

-Y tu ¿cómo aprendiste a conducir?

-Yo empecé sobre dos ruedas, ya lo sabes. Primero bicis. Con 14 años, bueno, con trece y pico, mi abuelo me regaló una moto de marchas. Una Suzuki DR 50. No sabes el cariño que le tuve a esa moto. Bueno, si lo sabes. Mis padres habían muerto hace menos de dos años. Aquella moto me hizo sonreír. Apréndí no lejos de aquí. en un campo. Me enseñó mi abuelo. En cuanto cumpli los catorce me saqué el carnet para poder conducirla. En esa moto sentí por primera vez ...

-¿El qué?

-El tacto del cuerpo de una mujer. Su calor. Su olor. Paula sentada detrás de mi, abrazada a mi cintura.

-Todavía la echas de menos. Todavía la quieres.

-Siempre la querré, mientras viva.

-Quizás la vuelvas a encontrar, en otro tiempo, en otra vida.

-No lo sé.

-Me estabas contando cómo aprendiste a conducir una moto. Pero ¿cómo aprendiste a jugar sobre una moto? Te he visto. Haces cosas que parecen imposibles. Tienes un ... ¿don?

-Aprendí jugando. Primero en bici, luego en moto. Pensaba que tenía mucha suerte, porque hacía todo tipo de burradas y nunca me pasó nada. Luego me di cuenta que no era suerte, que era algo más. Algunos compañeros de instituto también tenían moto. Éramos unos crios, llenos de rabia, llenos de ansia por demostrarnos mejores que los otros. Más rápidos que los otros. Pero, pese a todo, teníamos cabeza. La mayor parte de burradas las hacíamos sobre tierra. Precisamente en el campo al que te llevo. Aunque para atajar, cruzábamos las vías. Si, las vías, con las motos. Y al otro lado de las vías, nos hicimos una especie de circuito por caminos y senderos. Allí aprendí realmente a ir en moto. A frenar, a acelerar, a trazar, a saltar. Con la Suzuki.

-¿Y qué fue de esa moto?

-Me la robaron. Menudo berrinche. Ya tenía 18 años. Estudiaba en ... el internado, desde hacía varios años. Después del bachillerato, hice FP especialidad automoción. Allí aprendí a reparar casi cualquier tipo de vehículo y a conducir coches y furgonetas.

-¿Y la moto que tienes ahora?

-¿La Honda? Fue un regalo de mis compañeros.

-¿Un regalo? ¿Por qué te la regalaron?

-Porque .... Les salvé el culo. Nos metimos en un lío. Bueno, se metieron ellos. Yo presentí el peligro y pude avisar a Paula. Ella fue la que en realidad nos pasó a todos. Todo salió bien. Me estaban tan agradecidos que me regalaron una moto. Como su presupuesto era limitado, tenía el motor roto. Y mira que es difícil. Ese motor es durísimo. Lo tuve que reconstruir. Por eso también le tengo cariño.

-¿Hemos llegado?

-Si. Es ese camino. Estará bloqueado con piedras o con trozos de mediana de hormigón para que no entre nadie. Pero creo que podremos pasar. Me bajo, y te guío. Será estrecho.

Con la ayuda de las indicaciones de Marcos, Sofía pudo esquivar los obstáculos. Delante de ellos, la oscuridad solo rota por los faros de la furgoneta. Una pista de tierra. Húmeda por la niebla. Embarrada.

-Vamos a bailar.

Recorrió unos metros de la pista a baja velocidad, leyendo el terreno. Buscando piedras, agujeros, árboles. Cosas que pudiera golpear. Después de un kilómetro o quizás mas, detuvo la furgoneta y maniobró para dar la vuelta.



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