La amenazadora silueta del edificio se hacia más y más grande ante ellos. Dudó de su finalidad. Quizás un hospital. O un hotel. Ahora amenazaba ruina. De día transmitía una extraña sensación de vértigo y desolación. De noche daría miedo. El escenario para una película de terror. Pero era real. Y los monstruos existían. Él los daba caza y había sido testigo de sus estragos muchas veces y blanco de su ira alguna.
Veía sin ver. Sus cinco sentidos estaban alerta, su sexto sentido, desplegado al máximo. Lo que percibía se le antojó una mezcla de imagen infrarroja y la pantalla de un rádar o un sónar. Localizó el punto de entrada al edificio más cercano a su posición actual. Se orientó en su interior bañado de cascotes y escombros. Alcanzaron una estancia más amplia. Una piscina cubierta. Los había presentido. Ahora los veía. Escogió uno de los dos. Desenvainó la espada y dejó que la ira y la rabia se desbocaran.
Percibió su sorpresa. Pero pronto intentó protegerse usando su magia contra él. Dolía. Su sorpresa aumentó al contemplar con horror como era inmune a sus hechizos. El dolor le cegaba y embotaba sus sentidos y sus movimientos. La estocada, dirigida al cuello, rozó el hombro izquierdo. El hechizo se interrumpió de inmediato. Escuchaba sus gritos, pero de forma lejana e irreal. En la niebla roja de dolor y de rabia, dibujó una sonrisa en sus labios. La siguiente estocada alcanzó su cuello y le decapitó de un sólo tajo. Su sangre chorreaba por el filo de su espada y por sus brazos.
Matarlos a todos.
Matarlos a todos.
En medio de esa enloquecedora marea de rabia, dolor y euforia, percibió una energía desconocida y poderosa estallando a su espalda. La profesora. Con el suficiente entrenamiento podría haber acabado con los dos ella sola. Se volvió lentamente. Estaba de pie y se tapaba la cara con las manos. Lloraba. A sus pies, el otro oponente. En posición fetal. Muerto.
Se miraban sin verse, recuperándose de aquel instante horrible. En sus labios leyó un nombre.
Laura
¿Dónde estaba? La sentía viva.
En el fondo de la piscina, acurrucada. No sabría decir cómo llegó hasta allí. Quizás saltó. Quizás encontró una escalerilla. Lo siguiente que recordaba era estar a su lado, en el fondo. Con su mano derecha entre las suyas. Parecía más pequeña y más frágil. Débil, pero viva. No le quedaban muchas fuerzas pero de nuevo decidió que valía la pena.
Transferencia.
Cuando recobró de nuevo el conocimiento las vio abrazadas. Estaba viva. Había despertado demasiado pronto a una realidad demasiado horrible de creer, pero estaba viva. La escuchó preguntar por su madre.
-Tu madre está bien, razonablemente bien después de todo lo que ha pasado. Saldrá adelante y tu también lo harás. Sé que no entiendes nada de lo que ha pasado. Ni tengo fuerzas ni soy quién para explicártelo. Es horrible, si, y da mucho miedo. Pero tú eres poderosa y hay gente que se preocupará por ti y te cuidará de ellos-
Le tiró las llaves del coche a la profesora.
-Teneis que iros de aquí. Yo no os soy útil por el momento. No puedo conducir todavía. Y mi ropa y yo mismo está manchada de sangre. Eso supondría preguntas.-
-¿Cómo vamos a dejarte aquí?-
-Se cuidar de mi mismo. Vamos. Marchaos-
Cuando se fueron quedó a solas con dos cadáveres, con su dolor y su euforia. Al llegar la noche fue capaz de ponerse en pie. Salir del edificio. Perderse en el bosque. Parecía sacado de alguna pesadilla: un tipo con las ropas manchadas de sangre y una espada en su vaina colgada del hombre, avanzando en la oscuridad de la noche, en silencio. Como un animal salvaje. Como un lobo. Sonriendo.
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