domingo, 6 de mayo de 2018

El francotirador paciente

Desde el primer piso divisa el exterior a través de las ventanas. La primavera de árboles llenos de hojas verdes, exuberante y efímera. Los tejados. El perfil conocido y a la vez extraño del campanario de la iglesia. Por un cielo azul cortan el aire haciendo acrobacias aviones antiguos que parecen anacrónicos y a la vez bellos.

Casi con vértigo esperaba éste día desde hace se me antoja un eón. Pensaba que la clave era fluir y en parte lo fue. Las sensaciones fueron totalmente distintas a las del primer día desastroso y del segundo día agridulce y amargo, de plomo y ganas de llorar. A pesar de no haber tomado la mirtazapina por olvido, me sentía bien y había dormido muchas horas. Eso, y partir de cero, sin el desgaste de un día de trabajo con sus idas y venidas rodeado en parte de espectros.

Compartir, escuchar, interactuar, leer, aprender.

Me gusta ver sin ser visto. Desde la distancia. Como un francotirador. Pero he de aprender a bajar de mis atalayas, en edificios en ruinas, bajar a las calles, al mundo real, con mi rifle de precisión a la espalda. Es una metáfora porque mis únicas armas son las palabras y el único disparador que apriento es el botón para capturar imágenes en la cámara digital o en el móvil. Por segunda vez en dos semanas la sensación fue dulces y agradable. Y eso me encanta. La niebla queda atrás.

Resulta casi cómico que escribir me permita avanzar, crecer y entenderme. Una actividad, una parte de mi personalidad que pocos conocen, una actividad a la que nadie (salvo quizás algun profesor de literatura y filosofía) me animó, sino todo lo contrario. Tienes que centarse en las cosas realmente importantes. No leas. No escribas. Estudia. Saca buenas notas. Ten amigos. A ver cuando te echas novia. Pero no les culpo demasiado, si yo hubiera sido ellos me hubiera aconsejado lo mismo.

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