Desde el suelo del salón, sentado sobre la alfombra, miré a la televisión. Un aparato enorme y macizo. Muy diferente a las delgadas pantallas planas del nuevo siglo. Habían interrumpido el programa infantil de turno. Ya no recuerdo si era Barrio Sésamo u otro. Un locutor recitaba frases que yo no escuchaba. Mis ojos estaban clavados en la pantalla. El transbordador espacial estallando en mil pedazos a los pocos segundos de su despegue. Aunque no entendía apenas lo que decía el locutor, supe que algo muy grave había pasado. Y sentí a la vez miedo y pena. Los astronautas que ocupaban la nave espacial sin duda habían muerto. Morir.
Lo siento. Lo he hecho otra vez. Os prometo que no ha sido a propósito. He comenzado por el final, en lugar de por el principio. Pero ¿qué es el principio y qué el final? Quizás debería deciros quién soy, antes de nada. Mi nombre, no importa. Podéis imaginar uno para mí, si os apetece. Soy una mujer. Una mujer corriente. Probablemente te hayas cruzado conmigo alguna vez y ni siquiera te hayas percatado de mi presencia. O quizás incluso has sido cliente de la cafetería en la que trabajo. Y te he servido un café, o un desayuno, y ni siquiera te has molestado en mirarme. No te lo tendré en cuenta. Soy una mujer corriente que lleva una vida ordinaria pero … Puedo leer las mentes de las personas. Sé lo que piensan. Igual que tu lees libros yo leo mentes. Soy una ladrona de recuerdos.
Probablemente no me creas o pienses que estoy loca No te culpo. Yo también lo pensé, sobre todo al llegar a la edad adulta. Incluso pedí cita con un psiquiatra. Mientras esperaba a que me llamaran en la sala de espera me dediqué a leer las mentes del resto de los pacientes. Lo siento, no lo puedo evitar. Igual que tu a veces no puedes evitar escuchar una conversación que no va dirigida a ti. Buceé entre sus pensamientos. La mayor parte eran oscuros y dolorosos, pero en algunos advertí un destello de luz intensa. Una energía poderosa e imparable creciendo poco a poco. Decidí que mis pensamientos no tenían nada que ver con los del resto de pacientes y llegué a la conclusión de que no estoy loca. Me marché antes de que el psiquiatra me llamara.
El primer párrafo es un recuerdo que robé a un chico que iba sentado a mi lado en el metro. Un recuerdo antiguo, un poco borroso y desdibujado. Una fotografía de color sepia, manoseada, desgastada, recordada y reescrita muchas veces. Mientras recordaba, a la vez hilvanaba pensamientos nuevos, que apuntaba en un cuaderno de tapas verde aguamarina. No os hablaré de ellos, porque comprendí que eran muy íntimos y a él no le gustaría que os los contara. Ni siquiera yo estoy libre de que otro ladrón de recuerdos me robe mis pensamientos. Como escribió Khalil Gibrán:
“Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.”
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