viernes, 14 de abril de 2017

Vamos, vamos

Mucho tiempo desde la última vez que el amanecer me sorprendía camino de aquella pequeña montaña, sobre la bici. El amanecer, la sensación infinita de tranquilidad, y de soledad. Sólo escuchaba los sonidos de la naturaleza. Pájaros (cigüeñas entre ellos creo) y algún bicho raro tipo jabalí muy a lo lejos que llegó a asustarme. Los humanos más cercanos quedaban a más de un kilómetro y seguramente estaban durmiendo. Poco antes de las ocho de la mañana un festivo todos duermen. Casi todos.

Antes de volver a casa decidí intentar subir la cuesta. La madre de todas las cuestas. Mucha pendiente y grava suelta. Si el suelo fuera más compacto, trepar sería más sencillo. Pero no era el caso. A parte de tener la fuerza y la habilidad para subir por allí, había que saber dosificar cada pedalada y repartir cuidadosamente el peso entre ambas ruedas. Si vas sentado la rueda delantera se levanta (es una cuesta de plato pequeño). De pie la rueda trasera patina. Sentado en la punta del sillín, en una postura no demasiado cómoda pero si efectiva. Plato pequeño y la segunda corona más grande, que creo es una 28.

Vamos, vamos.

Me animaba. No solo lo pensé sino que lo grité. Total, estaba al amanecer en medio del campo, no podía molestar a nadie.


Logré subir sin perder tracción y sin poner el pie en el suelo. Pero todavía quedaba una rampa más y me empezaban a faltar las fuerzas y el aire. Busqué un piñón más grande, el último, y así, con un 22x32 engranado, subí el último tramo de la cuesta. Hacía mucho tiempo que no subía esa cuesta entera. Se ve que poco a poco estoy más fuerte. Todavía tengo miedo de empeorar las molestias en mis rodillas y por eso no me atrevo a hacer rutas largas ni a hacer el burro sobre la bici en general. Pero subir esa cuesta en bici, sin tener que desmontar y empujar, fue un pequeño pero muy agradable triunfo. Después quedaba bajar. Salvo un pequeño susto en la zona de grava, también fue muy agradable. Para bajar prefiero pistas sin demasiada pendiente y con curvas suaves. Como aquella un poco más abajo.

Quizás solo echaba de menos alguien con quien compartir ese momento. Alguien capaz de saltar de la cama detrás mía un amanecer y subir a la montaña en bici. Creo que ningún humano o humano que conozca sería capaz. Si acaso un perro. Por un momento imaginé un compañero peludo siguiendo mis ruedas por la pista. Meneando la cola.

Tierra de olivos, un amanecer, una pista preciosa y una bici.

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