lunes, 3 de noviembre de 2014

Caprichos (III)

Autoequilibrarse. Silvana concentra su pensamiento en respirar despacio y acompasadamente. Y después, intenta, poco a poco, bajar el umbral de percepción de sus sentidos. De todos sus sentidos. Se imagina recorriendo una casa muy bonita al anochecer, cerrando contraventanas, bajando estores, corriendo cortinas. Y cuando el interior se queda en penumbra, un chico muy atractivo le abraza. Un abrazo cálido. Uno de esos abrazos en los que se le antoja que se para el tiempo. El chico sonríe, le acaricia la espalda y el pelo. Su mente es un remanso de paz. Se le antoja que él sólo desea mimarla, darle cariño. Cuando por fin se separan, rompiendo ese bello abrazo, el le lleva de la mano al dormitorio, sin dejar de sonreír y juntos se meten en la cama. Poco a poco, se queda dormida abrazado a él. Lo último que recuerda antes de dormirse es un susurro. Una promesa:

Llevo toda la vida esperándote. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, y protegerte, hacerte feliz. Y darte placer. ¿Me enseñarás?

Pero solo es una fantasía. Al despertar la pesadilla continúa. Está atada de pies y manos, tumbada en el suelo sucio de una especie de baño publico. Eso es lo que más le enfada. A unos metros hay tres o cuatro puertas, que dan a sus respectivos cubículos con un retrete. Pero no le han desatado para ir al bajo y ha tenido que orinarse encima. Tiene sed y hambre, y un poco de frío. Y se siente sucia con mayúsculas. Su olfato, preciso (al igual que el resto de sus sentidos) percibe el hedor de los retretes, su propia orina, su sudor. No quiere llorar pero es inevitable. Vuelve a quedarse dormida, llorando. Sus preciosos ojos azules inundados en lágrimas.

Un tiempo indeterminado después, le despertó un desagradable chirrido metálico. Una bocanada de luz iluminó la estancia.

-Silvana, ¿qué vamos a hacer contigo?-

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