No sabe cuanto tiempo ha dormido, pero el descanso le ha hecho bien. Al menos, mas bien que mal. Está hambrienta. Obedeciendo un deseo irrefrenable se pone en pié y, en silencio, llega hasta la puerta. Está cerrada, no podía ser de otra manera. La ventana, oculta tras unas cortinas, también. El paisaje confirma sus sospechas. Juraría que está en el interior de un hospital. Uno enorme. A sus pies es de noche, la oscuridad extiende sus interminables tentáculos y una miriada de luces intentan aplacarla. A sus pies. Se encuentra en las alturas. Una décima planta, al menos. Es como contemplar una maqueta, con diminutas personas (médicos, enfereras, pacientes, familiares) moviendose de un edificio a otro, furgonetas, pequeños camiones, ambulancias.
Fuera está lloviendo. Se le antoja que son lágrimas, pero intenta ser positiva y piensa que sólo es agua, agua que limpia. Una lluvia fina, delicada, casi imperceptible, pero que acaba calando.
Un pijama blanco. Una aséptica habitación en la que apenas hay una cama, un sillón y una televisión en un soporte atornillado a la pared. Y otra pequeña puerta. ¡Un baño! Intimidad. Se desliza en su interior. Está limpio. Suspira aliviada y después alivia su cuerpo. Le hace sentir mejor. Justo al salir del baño, la puerta de acceso a la habitación se abrió lentamente. Sus sentidos, hasta ese instante en mero estado de letargo, despertaron con súbita rapidez. No pudo evitar ponerse nerviosa, y ahogar un grito.
-Siento haberte asustado. Vengo a ver cómo estas y a traerte algo de cenar-
Una enfermera. No la ha visto antes. Utiliza sus sentidos. Todos ellos. Un recuerdo acude fugaz y preciso a su mente. Es tan solo una niña (ya no lo es). Viendo la televisión en casa de sus padres. Una película sobre submarinos. Sónar. A veces siente que su percepción puede funcionar así: como el sónar de un submarino. En décimas de segundo analiza a la enfermera, un posible oponente y llega a la conclusión de que sólo pretende hacer el su trabajo (un trabajo en ocasiones difícil y poco agradecido) y que no pretende hacerle daño, sino lo contrario.
Deja la bandeja sobre la cama y le invita con un gesto a sentarse en el sillón. Le ausculta, le toma la tensión. Todo parece correcto.
-Que aproveche. Volveré en un rato a por la bandeja y los platos sucios. Bueno, volveremos-
La última parte de la frase da que pensar. Silvana se muerde ligeramente el labio inferior. No le gusta la incertidumbre. Pero ahora solo puede dejarse llevar. Rersistirse es una pérdida de energía. Y no le sobra. La comida huele estupendamente. A veces, un plato de comida, una cama y un abrazo bastan para curar todas las penas. Da buena cuenta de la comida y el postre.
Apenas unos minutos después de que haya terminado de comer la puerta se entreabre. Acierta a ver un delicioso hocico. Es un perro. Un cachorro de pastor alemán. Deja la comida, salta de la cama y va a su encuentro. Es precioso. Le olisquea. Casi se olisquean mutuamente e intercambian caricias y lametones. Por primera vez en muchos días, sonríe y siente una oleada de cariño, una sensación cálida y dulce, derramandose en su interior.
Bonito, estaba claro que tenía que ser un pastor alemán. No hubiera sido el mismo efecto con otra raza :P
ResponderEliminarAdemás se utilizan como perros policía
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