viernes, 23 de marzo de 2018

Luz (v1)

El pequeño gato negro salió corriendo y se deslizó bajo la oxidada verja de color negro. Curiosa, no pudo evitar ir tras él. Empujó la puerta de la verja, y, con un chirrido, ésta se abrió. Un paraíso de hierba y plantas exuberantes. Un jardín olvidado, descuidado, salvaje. El gato negro le miraba, curioso, desde el borde de una fuente de piedra, cubierta de musgo. Quiso acercarse a él. Quiso acariciarlo.

Entonces el suelo se abrió bajo sus pies. Durante un instante infinito se deslizó en el vacío y en la oscuridad. Hasta que su cuerpo chocó contra el agua y se hundió en ella. Debía ser un pozo, acertó a pensar mientras su conciencia se desdibujaba. No sabía nadar. El agua era gélida y oscura. No sabía nadar. Que manera más estúpida de morir.

Y ya no recordó nada más. Sólo sintió que unas manos cálidas y suaves tiraban de ella. Y que la oscuridad estallaba en un amasijo de luz dorada y cálida y dulce, como una marea extraña y, a la vez suave como un abrazo, capaz de borrar todo lo demás.

Despertó, volvió a tener conciencia de su cuerpo y de sus ojos y se atrevió a abrirlos. Estaba tumbada al borde de la boca del pozo, esa boca a ras de suelo cubierta por maderas podridas a su vez cubiertas por hierba y hiedra, que no había visto. Estaba empapada y helada. Levantó la mirada y vio de nuevo al pequeño gato negro, que la miraba, curioso. Y acertó a ver una silueta semitransparente, brillante, de luz pura, tan bella que dolía mirarla, arrodillada junto al gato, acariciando al gato.

-No tengas miedo. Estás a salvo.-

-Al menos tu estás a salvo. Pero yo … he llegado tarde … Y ya no sé si tiene remedio.-

No comprendió lo que quería decir aquel ¿ser? que acababa de salvarle la vida. Su voz era indescriptible, dulce como una caricia, pero a la vez con un matiz de tristeza y amargura infinita.

-No he podido llegar a tiempo y ahora ella está sola y perdida y malherida. Nunca me lo podré perdonar.-

-Pero quizás tu puedas ayudarme.-

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