En el exterior, en la calle, amanece. Adoro la luz del amanecer. Me transmite calma, paz, esperanza. Es suave, delicada. Acaricia. El frio es intenso, pero tras los cristales estoy protegido. Me he desperado pronto pero hasta entonces he dormido bien. Estoy "rebotando" (anímicamente) pero son subidas y bajadas más suaves.
Soñaba con algo que frenara esos estados de ánimo opuestos (de la tristeza a la alegría en segundos y muchos nervios), igual que la horquilla de mi bici se come los baches. Y ya lo tengo: medicación y mi esfuerzo. Y éste año, terapia. Desnudarme emocionalmente delante de otros me da un poco de apuro/vergüenza, pero es necesario. Si esquivas aquellos momentos que te dan miedo, que te resultan desagradables, al final acabas en el fondo de un laberinto sin saber como continuar. Pero ya no estoy en el laberinto. Me siento como un piloto del Dakar, a punto de empezar la carrera. Y, puestos a soñar, me imagino copilotando a mi padre. Quizás en un pequeño Buggy artesanal o en un Toyota casi de serie. Él, junto a mi madre, me dio la vida. Trabajo mucho por mi, por nosotros. Y me educó lo mejor que supo y pudo. Y se lo agradezco. Él es como yo. Grande -en altura y en fuerza-, tímido, a la vez educado y brusco. No es muy cariñoso, pero se que me quiere mucho. Ahora siento que soy un poco más abierto y hemos hablado mucho. Me encanto trabajar con él unos días en el campo. Es uno de los recuerdos del final de 2014: los dos muy abrigados en el viejo Suzuki, yo en el asiento de la derecha, rodando a buen ridmo por caminos, para más tarde recolectar el fruto del olivo con nuestras propias manos. Así, no estaba solo todas esas horas, aunque se que, como a mi, no le desagrada estar solo.
Te quiero papa. Gracias por todo lo que me has dado. Te deseo lo mejor. Que vivas muchos años más y con salud.
Disfruta esos momentos
ResponderEliminarLo intento
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