Mis manos se mueven sin brusquedades pero constantemente. Recolectan el fruto del olivo y lo dejan caer en un cesto, asegurado a mi espalda con una simple cuerda a modo de correas. La temperatura es fresca, pero agradable para la época y apenas hay barro. Aún así, camiseta térmica, unas viejas mallas bajo los pantalones, gorro, braga y guantes de trabajo son imprescindibles. La tarea es un poco cansada, pero el paisaje es precioso, y el silencio, imposible de encontrar en cualquier gran ciudad. Solo se escucha el aire en los árboles, el canto de los pájaros ... De cuando en cuando un avión a altitud de crucero sobre nuestras cabezas, un sonido tenue y que no molesta.
Y a unos pocos pasos de distancia, él. Quien me dio la vida. Compartir faena y comida con él ha sido un placer. Hemos hablado muchísimo. Bueno, he hablado muchísimo. El me ha escuchado y también participaba en la conversación aportando su serenidad y experiencia, que le da tener el doble de años que yo. Es nervioso igual que yo, y tiene carácter, pero a la vez, amable y educado. Como yo.
Estos días me han servido para a la vez cansarme y descansar. Desconectar. Me sigo despertando pronto (entre cinco y seis de la mañana) pero tranquilo. Un día incluso me volví a dormir.
Mañana todo vuelve a empezar. He de centrarme en conservar la calma y hacer mi trabajo sin preocuparme de lo que hagan o digan los demás, aunque no me parezca de recibo su falta de profesionalidad. No puedo ni debo intentar cambiarles. No es mi trabajo. Me la debe sudar si al final trabajo más que ellos o tengo que tapar con mis cascos su cháchara negativa e insustancial.
Buenos días y buena suerte.
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