Silvana se quedó dormida con el cachorro entre sus brazos. Escuchar su respiración y los latidos de su corazón le relajó profundamente. Tanto, que por primera vez en muchos días fue capaz de conciliar el sueño durante muchas horas seguidas, sin despertares y sin pesadillas.
Pero con sueños.
-No puedo hacerlo-
Sonrió al chico del tren. A Mario. Tomó sus manos entre las suyas. Le gustó el tacto de sus manos, a pesar de ir cubiertas y protegidas por guantes de trabajo, aislantes de la electricidad. El tacto de sus manos temblorosas le transmitía una ternura infinita.
-Si que puedes. No es tan difícil. Ya estamos dentro. Solo tienes que entrar a la sala que te he dicho, la tercera puerta a la izquierda. Hay un fluorescente fundido, en el fondo de la sala, al lado de la fotocopiadora. Despliegas la escalera, y lo cambias. Cerca del cebador encontrarás una tarjeta de memoria sujeta con cinta adhesiva. Si mantienes la calma, será nuestra. Es muy importante para mi. Y también para ti. Si me quieres-
Las yemas de sus dedos rozaban las suyas.
-Y no, ahora no puedes besarme. Después. En un sitio más tranquilo y más íntimo. Se que lo deseas. Me gustará. Yo también lo deseo. Por una vez, siento que alguien me quiere de verdad. Y ahora, vamos, adelante. Yo podría hacerlo, pero tu pasarás más fácilmente por un técnico de mantenimiento. Respira hondo y olvida el miedo. Busca la calma en tu interior. Imagina que empieza siendo pequeña como la cabeza de un alfiler y que poco a poco va creciendo hasta envolverte en una burbuja protectora, del material más duro que puedas imaginar: el tacto de los sueños.-
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