jueves, 6 de noviembre de 2014

Caprichos (parte 4)

Silvana se estremece y el miedo, una descarga amarga y violenta inunda su ser. Cuando sus ojos logran acostumbrarse a la luz, acierta a ver a Virginia. Lleva una potente linterna en la mano derecha y, a su espalda hay dos personas más, a las que no ha visto nunca.

Sus sentidos, todos ellos, vuelven a estar operativos al 120% tras ese amargo despertar. Virginia está enfadada, cansada, quizás hasta furiosa. Sivana tiembla y no puede evitar volver a orinarse encima.

Virginia se acerca a ella, despacio.

-Tranquila, por favor. No vamos a hacerte daño. Es mas, me repugna haberte dejado atada aquí. Pero era necesario. Debías comprender que eres parte de nuestro equipo y que no puedes escaparte.-

Se agacha junto a ella, en cuclillas, y le acaricia el rostro. Parece no importarle ni el hedor del lugar ni el intenso olor a orina de su propio cuerpo.

-Voy a desatarte ¿de acuerdo? Después podrás asearte y cambiarte de ropa. Además me acompaña una médico que comprobará tu estado. Nos espera un viaje muy largo.-

Virginia corta las bridas de plástico que aseguran sus pies y manos y le ayuda a ponerse en pie. Entonces otra mujer se acerca a ellas. Debe ser la médico.

-Os voy a dejar solas. Tranquila, por favor.-

La medico tiene un gesto entre concentrado y amable. Le ayuda a quitarse la ropa y a asearse con toallitas húmedas. Después le proporciona ropa limpia. Silvana se siente mejor. Un poco mejor.

-Puedes sentarte aquí-

Una silla plegable de color azul. Sivana se sienta. La medico le tiende una botella de agua. Bebe con rapidez, tiene sed. Y después le da algo de comer, unas barritas de cereales.

-Ahora voy a auscultarte y a tomarte la tensión-

Comprueba su pulso, le toma la tensión y coloca en la yema del índice de su mano derecha un curioso cacharrito, una especie de pinza. No puede evitar leer en su mente cómo se llama eso: es un pulsioxímetro.

-Quedate aquí, por favor-

La medico se marcha y vuelve a los pocos segundos con Virginia y otro hombre. El hombre le da miedo. No es otro médico. Aunque no lleva uniforme, es un soldado. Una especie de soldado. Y va armado.

-Sivana, vamos a salir de aquí, al exterior. No intentes escapar. Por favor-

-No lo haré. Lo propeto-

-Espero que ésta vez cumplas tus promesas. Por nuestro bien y por el tuyo-

Por fin salen al exterior. Esta anocheciendo. Gracias a lo que ve y a los pensamientos que puede leer en las mentes de las personas que tiene al lado comprende dónde está. Los aseos de una antigua estación de tren, apenas un apeadero, abandonada. Sin uso. Los andenes siguen allí, pero no hay rastro de las vías, solo un lecho de grava.

Rodean los edificios de la estación. Silvana se deja llevar, obediente. Como una oveja. No le queda otro remedio.

En una amplia explanada frente a la estación hay un helicóptero de color gris. La médico lo conoce bien. Quizás no esa unidad en concreto, pero si otras.

Cuando quiere darse cuenta está en el interior. Le ajustan los arneses de seguridad del asiento.

-Silvana, estás muy cansada y necesitas dormir. Te voy a dar una pastilla y te quedarás dormida en pocos minutos-

Sabe que es una verdad a medias. Necesita descansar, pero sobre todo quieren que se duerma para que no sepa a donde la llevan.

Una diminuta pastilla, un trago de agua y en pocos minutos duerme. Entonces el piloto pone en marcha los potentes propulsores del helicóptero.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Intentaré escribir algo mañana por la mañana. Hacía tiempo que no imaginaba una historia tan compleja y bonita

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