sábado, 1 de noviembre de 2014

Caprichos (relato)

El despertador suena a la misma hora de siempre. Eso le da confianza. La rutina. No le gustan los acontecimientos inesperados. Abre los ojos, enciende la luz y apaga el despertador. Contempla un lugar conocido en el que se siente protegido. Su dormitorio. Esta lleno de cosas que le gustan: su preciado ordenador (ensamblado por él mismo escogiendo los mejores componentes) libros, cd's, películas y miniaturas de aviones y helicópteros. Por un momento se imagina a los mandos de un helicóptero. Quizás un Ec 145. En una misión de rescate. Pero no está nervioso. Sabe lo que tiene que hacer y el helicóptero es casi una prolongación de su cuerpo. Pero ...

No es real. Solo es un joven de ventipico años despertándose en una cama demasiado grande para él solo. Suspira. Se le va a hacer tarde. Ni siquiera tiene carnet de conducir. ¿Como va a pilotar un helicóptero?

La ducha le despeja y le hace sentir mejor. Después desayuna cereales y fruta viendo la BBC. Así practica su inglés. Además las noticias son igual de horribles en cualquier idioma.

En la calle es de noche. Le da un poco igual. En un rincón del salón/cocina esta su otro tesoro: su bicicleta plegable. De color rojo. Prefiere colores mas neutros para vestir, ya que no le gusta la atención. Pero se enamoró de aquella bici navegando por internet. Una locura, ya que costaba más de la mitad de lo que ganaba en un mes y cuando la compró ni siquiera sabía ir en bici. A veces se decía que Dios le había creado descompensado. Su mente era casi tan precisa como el procesador de un ordenador de última generación. Pero su cuerpo era torpe. Aun así, consiguió aprender a ir en bici, y ahora, cada día utilizaba aquella pequeña obra de arte hecha de aluminio para ir de casa a la estación de tren y de la estación al trabajo. Ahorra tiempo y es mas ecológico. Además, le gusta ir en bici. Le relaja. Mochila, casco, guantes y a correr, pero sin correr.

En apenas un cuarto de horas ha llegado la estación. La bici plegada apenas abulta y puede pasar inadvertido junto a su jinete en un rincón del vagón. Para que el trayecto se le haga mas ameno escucha música instrumental en su móvil y lee un manual de programación. Cuando quiere darse cuenta ha llegado a su destino. Está amaneciendo y la luz del alba se le antoja preciosa. En diez minutos está a las puertas de su trabajo.

Todavía se pregunta como ha llegado a trabajar en una de las empresas de informática mas importantes del mundo. Su expediente académico sólo era bueno, no brillante. En la entrevista personal se puso tan nervioso. Pero en la prueba práctica lo dio todo. Un ordenador. Lineas de código. Su terreno. Los dejó a todos impresionados. ¿Como alguien recién salido de la universidad podía programar así? Rapidez, precisión, incluso elegancia. Pensaban ofrecerle un puesto de becario, unas practicas... Pero al ver su talento pasó a ser programador junior directamente. Recordaba como lloraba de alegría y emoción cuando se lo contó a su madre.

Desde el primer momento le llamó la atención las extremas medidas de seguridad. Para acceder a la empresa no se utiliza una tarjeta convencional, sino sus huellas dactilares. Y en el hall de entrada hay una guardia de seguridad armada con un revolver. Se llama Ana. Le saca media cabeza (y él mide 170 cm) y observando sus movimientos sabe que podría tumbarle en un instante. Pero es muy amable. Siempre le saluda por su nombre e intenta entablar conversación con él. Le cuesta horrores, pero ahora, es capaz de hablar con naturalidad con ella. Aunque le intimida. Todas las mujeres le intimidan.

Es el primero en llegar. Siempre. Le gusta el silencio de la oficina a primera hora de la mañana. Guarda la comida en la nevera de la pequeña cocina/comedor y se sienta en su sitio. Arranca el ordenador y se sumerge en su medio vital. Las lineas de código.

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