-¿Cuándo podré volver a correr?
Esa pregunta se repetía una y otra vez en la mente de Míriam desde que aquella lesión en la rodilla le obligara a pasar por quirófano la primavera pasada. Desde entonces, gracias a la rehabilitación, a las muchas sesiones de fisioterapia, a los largos en la piscina, había recuperado la movilidad de la articulación casi por completo. Podía caminar sin muletas, lo que le supuso un alivio infinito.
Pero no había vuelto a correr.
-Puedes volver a correr.
Tumbada boca arriba en la camilla, todavía con las expertas manos de la fisioterapia en su rodilla, Míriam sonrió. Sus ojos color miel se iluminaron.
-Pero has de ir poco a poco. Prueba con uno o dos kilómetros.
La mente de Míriam voló al Parque del Retiro. En primavera estaba precioso. Sería un lugar perfecto. Se imaginó corriendo entre almendros en flor, árboles brotando. La luz de la primavera. El olor de la primavera.
A la mañana siguiente se calzó las zapatillas por primera vez desde muchos meses atrás. Subió por la Cuesta del Moyano, serpenteando entre las mesas llenas de libros. Pero al cruzar la verja del Retiro el dolor regresó. Quiso seguir un poco más. Quizás era un dolor pasajero. Pero al llegar a la estatua del Ángel Caído, no pudo más. Se sentó en el suelo, jadeante, dolorida, abrazada a su maltrecha rodilla. Gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. Levantó la vista. Su mirada empañada por el llanto se topó con la estatua del Ángel Caído. Expulsado del paraíso por enfrentarse a Dios. ¿Qué clase de pecado habría cometido ella? ¿Quién le habría expulsado del planeta de los corredores?
Entonces sintió que alguien le estaba mirando. Volvió la cabeza. Una anciana de pelo cano, sentada en uno de los bancos de la plaza le dedicó una dulce mirada y una sonrisa. Se puso roja. Trabajosamente volvió a ponerse en pie. Se alejó cojeando.
Tras pasar de nuevo por las manos de la fisioterapeuta, volvió a intentarlo. El dolor le permitió recorrer casi tres kilómetros. Cada nuevo intento, el dolor era menor y podía completar una distancia mayor. Le resultó curioso ver a la misma anciana sentada en un banco, frente a la estatua del Ángel Caído. Unos días, con un cuaderno en su regazo, dibujando. Otros, tejiendo. Y otros, leyendo. Cruzaban miradas curiosas y sonrisas. Hasta que un día se decidió por fin a sentarse a su lado.
-¿Puedo sentarme?
-Claro.
-Te veo aquí casi cada día y tenía curiosidad ...
-Y yo te veo a ti correr.
-Me llamo Míriam.
-Y yo Lidia. Encantada.
-Me preguntaba que haces aquí sentada.
-Bueno, depende de los días. Es un lugar especial. Los árboles, la gente que pasa, la luz, la estatua del Ángel Caído. A veces vengo a tejer, otras a leer. Y otras como hoy, a dibujar.
Lidia buscó en el cuaderno.
-La primera vez que te vi no pude evitar dibujarte. Estabas ahí delante, sentada en el suelo.
Míriam se reconoció en aquellos trazos esquemáticos en carboncillo.
-Ese no fue un buen día ...
-Pero vendrán días mejores. Vinieron ¿Verdad?
-Si.
-Llevo muchos años viniendo a dibujar aquí. Me siento acompañada. Aquí conocí a mi marido. Él falleció hace tiempo. Pero a veces sueño que un día volveré a verle. Que podré volver a dibujarle.
Míriam bajó la mirada.
-Lo siento si te he puesto triste.
-No te preocupes, no estoy triste. Lo que pasó, pasó. Vengo aquí porque me siento acompañada. Y de vez en cuando alguien se sienta conmigo, como tú. Y podemos charlar.
-Venía a correr al Retro cada semana. Bueno, vengo. Quiero decir. Antes de la lesión.
-Se lo que quieres decir.
-Si no te importa, puedo sentarme aquí y charlar contigo cada vez que nos veamos.
-Me encantará.