Estoy en una ut demasiado llena y con una climatización tenue y la música demasiado alta, Mogwai, Heard about you last night, que me recuerda al verano de 2022 y los meses siguientes de clases y paseos y colapsos y ejercicio hasta marzo 2025.
La UT llega a su destino. Con música recorro ese familiar parque, bajo una primavera espectacular y cálida, quizás demasiado cálida.
Puedo llegar a casa, montar un pequeño espejo retrovisor (que no me convence del todo, pero he de esperar a probarlo), empezar a cenar. Hasta que vuelvo al déjà-vu de ayer. Es volver a corregir y volver a los diálogos de besugos y a las excusas. En fin, que la lluvia nunca vuelve hacia arriba y esperar que alguien cambie, no es previsible ni coherente.
Me da rabia. Ver los pródromos de una subida de ansiedad (por el desarrollo de las prácticas y la incertidumbre) y sumar a eso una ayuda que no es ayuda, sino un lastre de plomo o de wolframio.
He paseado, comprado regalos, algo para mi bici. He hablado con personas bonitas por distintas aplicaciones de mensajería instantánea. Le he puesto un mensaje lo menos dramático posible a mi guía, mi navegante. Yo tengo la conciencia completamente tranquila, pero las conversaciones incoherentes y la ayuda que lastra (nada que no hubiera visto) agotan.
Es como una chapa, una cartela, una ballesta que se deforma, vibrando en resonancia, como una suspensión en un tôle ondulée (que es una chapa de acero ondulada y galvanizada). Tener que volver a calmarme, 2 noches seguidas. La alexitimia, la dificultad de ser asertivo y, quizás ser ingenuo o demasiado generoso.
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