-Hemos estado buscándote.
Salió del retrete, abrochándose los pantalones. En la parte superior del grifo de uno de los lavabos había un enorme pulsador, que, al presionarlo, le regaló un generoso chorro de agua. Mientras lavaba las manos, levantó la vista y distinguió, reflejada en el espejo, una silueta en el umbral de la puerta que daba acceso a los servicios.
-Te hemos estado buscando.
-¿A mí? Debe haber algún error. Yo no soy nadie.
-No, eso no es así. Sabes que no es así. Lo sabes. Te buscamos a ti. Te necesitamos.
Sacudió la cabeza.
-No te conozco, no se a qué te refieres. Me va a estallar la cabeza después de más de dos horas de exámenes.
-Pero ya no te va a estallar la vejiga. ¿Me equivoco? Has podido ....
-Mear.
-Si, justo como lo has pensado. Mear.
-¿Me estabas leyendo la mente? Eso no es muy educado.
-¿Cómo lo sabes? Eso no es posible.
-Claro que es posible, para algunos de vosotros. Lo sé, porque lo he sentido. Es igual que cuando tienes un déjà-vu o cuando sientes que alguien te está mirando, aunque no haya un alma en cientos de metros a la redonda. No es racional, pero es coherente.
Ella sonrió y asintió.
-Por eso te necesitamos. Eres mejor de lo que me habían dicho. ¿Piensas quedarte toda la mañana en el baño o vas a acompañarme?
-En cuanto acabe de lavarme las manos.
Una vez se hubo lavado y secado las manos con un trozo de papel higiénico, salió de los servicios.
-¿Tienes un helicóptero en la azotea?
-Has visto demasiadas series de acción. ¿Sabes el coste de cada hora de vuelo de un helicóptero?
-Debería saberlo, no lo sé, pero apuesto a que muy alto.
-Apuestas con sabiduría. Además, llamaría demasiado la atención.
Mientras continuaban charlando, avanzaban a lo largo de los pasillos del edificio, en dirección a las escaleras.
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