[Un relato que empieza en un taller ferroviario.]
Como banda sonora, de fondo se escuchan ventiladores de convertidores de tracción y de equipos de climatización. Retazos y retales de conversaciones. Ruido de pistolas de impacto eléctricas
Hay mecánicos o técnicos de mantenimiento vestidos con ropa de colores ácidos con franjas reflectantes y botas de seguridad.
Yo soy uno de ellos. Era uno de ellos. Lo fui. Quizás lo sea, lo seré, en un futuro incierto.
En los bolsillos de los pantalones llevan bolígrafos, rotuladores indelebles, algún destornillador, una llave allen de 4 mm en T, el llavín estándar. También, guantes de diversos tipos o alguna linterna.
Es el cambio de turno, se mezcla en una amalgama en cansancio de los salientes con la energía y pereza de los entrantes.
Estoy sentado en un cajón de madera, me pongo en pié y salgo del taller, por una puerta gigantesca, capaz de acoger a un titán. Recorro ni despacio ni deprisa el camino hasta los vesturario. Abro una taquilla, saco la mochila y de ella, del bolsillo grande y plano para un ordenador, en el interior de un cuaderno, las hojas de seguimiento dentro de una funda de plástico.
Consigo las firmas y sellos necesarios. Después, al finalizar el turno, llevo las hojas al instituto. Y con eso se ha acabado, en parte, lo que empezó en Junio/Julio 2022, lo que realmente empezó en septiembre 2022.
Los dos cursos más difíciles de mi vida.
Queda el epílogo. X2. Dos días. Dos días en un sitio a veces horrible, pero rodeado de máquinas preciosas que puedo desmontar.
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