domingo, 28 de agosto de 2016

Re-releyendome: El tacto de los sueños

(escrito el 28 de agosto de 2014 en otro blog)

Cuando era pequeño, muy pequeño, mi momento preferido del día era el de ir a dormir. Porque, desde mi cama, podía soñar, imaginar, aun estando despierto, y dibujar a placer con total libertad mundos que solo existirían en mi mente. No recuerdo si ya había aprendido a leer, probablemente si, y ya había descubierto algo maravillosos: los libros. Reflejo de otras personas que, como yo, también tenían la capacidad de soñar e imaginar, lugares, personas, situaciones, historias ... y ponerlas en palabras. Pero ... siempre hay un pero.

El mundo es muy grande. El mundo es horrible y está lleno de gente, que a veces también es horrible. Grita, te juzga, te insulta, mete y malmete, malinterpreta tus palabras. Si, no toda, pero a veces por desgracia uno solo recuerda lo peor.

Siempre me resultó más fácil soñar despierto que vivir, incluso más fácil imaginar que escribir. ¿Para qué salir a la calle si podía inventar otra ciudad en mi cabeza? Pero, los sueños son solo sueños y el amable y dulce tacto de los sueños, con el tiempo, inevitablemente se vuelve amargo. Como el regusto que deja el vómito en el paladar.

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