domingo, 28 de agosto de 2016

Lápices de colores

José María Riera de Leyva – Lejos de Marrakech

Apagó la luz, se tumbó en cama y esperó a que los ruidos en la casa se hubieran acostado.
Cuando el silencio fue absoluto, se levantó sin hacer ruido, cogió el albornoz y lo puso en el suelo, contra la parte baja de la puerta. Entonces cerró con llave y, moviéndose lentamente, encendió la lámpara del escritorio.
Del cajón sacó un bloc de dibujo y una caja de lápices de colores. También sacó difuminos, gomas de borrar y una pequeña navaja con mango de nácar. Lo dispuso todo ordenadamente sobre la mesa. Luego se sentó con precaución y empezó a dibujar.
Dibujó una mujer rubia, desnuda, que le sonreía desde el papel.
Tardó más de una hora en terminarla. Trabajaba cuidadosamente, mezclando los colores con suavidad y difuminando las sombras para conseguir, en lo posible, una sensación de relieve.
Sólo se oía su respiración y el ruido del lápiz sobre el papel. La casa estaba silenciosa.
En un cierto momento, desde la calle llegó el sonido de una sirena. Se detuvo. Levantó la cabeza y permaneció inmóvil unos segundos. Luego, al alejarse la sirena, continuó dibujando.
Cuando terminó puso el bloc en posición vertical contempló el dibujo a la luz de la lámpara. Mucho rato. Como si quisiera aprenderlo de memoria
Más tarde tarde recogió todo y lo volvió a guardar en el cajón.
Apagó la luz. Retiró el albornoz de la puerta. Y entonces, a oscuras, se metió en cama, hablando en voz baja con la mujer rubia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario